Por: Jaime Arocha

Torturas impunes por venir

RAZA Y TERRITORIO SON PILARES de las luchas que libran los imperios.

En ese contexto, para vaticinar posibles efectos de la entrega de las siete bases militares colombianas que la administración de Álvaro Uribe Vélez le hará a la de Barack Obama, es bueno mirar hacia el Oriente Medio y hacia el Norte.

La película El Valle de Elah retrata cómo un soldado norteamericano mete su mano enguantada entre las heridas de bala propinadas a un ciudadano iraquí. Mientras que el torturado lanza alaridos de dolor, se oyen las carcajadas de los demás miembros del pelotón, testigos del oprobio. Dirigido por Paul Haggis, el filme se basa en hechos reales de la guerra en Irak: el brinco del camión camuflado que transportaba a los mismos militares risueños no lo causó un montículo reductor de velocidad, sino el cuerpo de un niño. El chofer combatiente optó por atropellarlo, ¡no vaya y fuera un terrorista! Dos crímenes impunes unidos por el supuesto de que la gente del país ocupado es de una raza inferior a la de los ocupantes.

Barack Obama prometía castigar esas violaciones a los derechos humanos, así como las torturas en Abu Grahib y Guantánamo. Sin embargo, más pudieron las presiones republicanas para no desmoralizar a las tropas de la patria y una noción de seguridad nacional que lo llevó a reforzar la presencia del ejército de su país en Afganistán. Entonces, no es de extrañar la violencia que los ocupantes ejercen contra la población civil para dar con los talibanes. En la versión virtual de The New York Times con frecuencia aparecen videos de soldados que irrumpen en aldeas humildes, cuyos habitantes reaccionan con desconcierto al ver a los militares como extraterrestres de visores nocturnos, armados hasta los dientes, quienes los interrogan a gritos en inglés. Asimismo, corresponsales del mismo diario se preocupan porque aumentan los terroristas que Obama pretende erradicar, a medida que —por la fuerza— los invasores van involucrando en el conflicto a más afganos inocentes.

A la idea de que la elección de un presidente negro demostraba que los Estados Unidos habían entrado en una era posracial, la contradice el debate que libró el Congreso de ese país por la candidatura de la abogada Sonia Sotomayor para la Corte Suprema de Justicia norteamericana. Estaba en juego el viejo estereotipo de que las razas inferiores son incapaces de la abstracción o de la objetividad, porque ella no sólo era de origen puertorriqueño, sino porque había dedicado buena parte de su vida profesional a combatir injusticias contra los hispanos. El voto republicano contra ella fue implacable, como posiblemente lo será cuando aquí protestemos por las torturas que quizá podrán aplicar los inquilinos de nuestras bases militares. Con razón, a los medios colombianos le ha concernido la impunidad ante conductas sexuales ya documentadas por parte de la fuerza ocupante. Sin embargo, probablemente ya sea hora de que esos periodistas también reflexionen por lo que pasará cuando a los militares extranjeros les afane identificar a quienes ellos crean ser de las Farc o del Eln. La erradicación de ambas organizaciones hoy figura como una de las principales razones para permitir una mayor ocupación foránea del país.

*Grupo de Estudios Afrocolombianos. Universidad Nacional

 

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