Por: Yesid Reyes Alvarado

Totalitarismo

De un tiempo para acá nos asustan con la probabilidad de convertirnos en una Venezuela; y ha funcionado. No creo que el temor provenga del simple hecho de que en el vecino país haya un presidente con veleidades socialistas, porque regímenes presididos por líderes como Felipe González no generaban ese tipo de inquietudes; lo que realmente aterra es la opción de quedar atrapados en el totalitarismo, sea de derecha o de izquierda.

La preocupación es válida por lo que significa esa forma de gobierno que, en sus manifestaciones más modernas, suele irse apoderando de la sociedad de manera paulatina y más o menos impercepible. Lo primero es convencer a los ciudadanos de que, en realidad, ignoran lo que es bueno para ellos, como cuando piensan que un acuerdo de paz es una alternativa válida para cerrar un ciclo de violencia de más de 50 años. Quien realmente entiende lo que le conviene al país es un líder carismático que busca generar solidaridad explotando instintos básicos como el resentimiento o la venganza; sería el caso de quien alienta a la gente a no admitir las sanciones reducidas propias de una justicia transicional.

Dada la importancia de que toda la población asuma la ideología de su caudillo, se busca el control de los medios de comunicación, bien sea censurando periodistas que promuevan formas de pensamiento diversas, o buscando su judicialización, mientras de manera paralela se incrementa el uso de las redes sociales para difundir el pensamiento del guía. Una forma de lograr esa unificación es acudiendo a ideas que sean comunes a la mayoría de los ciudadanos, como las convicciones religiosas; así se puede decir, por ejemplo, que un acuerdo de paz busca imponer una ideología de género, o que el libre desarrollo de la personalidad en realidad fomenta el libertinaje.

Otra forma de conseguir esa unidad es consolidar un partido único a través de diversos mecanismos, como el de concentrar el reparto burocrático en las personas afines al gobierno. Quienes pertenezcan a este son el pueblo seleccionado o, dicho más crudamente, los buenos; éstos, por ejemplo, deben contar con medios idóneos para defenderse de los demás, como la posibilidad de utilizar excepcionalmente armas de fuego; obviamente, solo contra los malos. Esto permite recurrir a otro concepto muy útil, que es el de la seguridad, aunque ello suponga reducir las libertades ciudadanas; hay que hacer ese pequeño sacrificio si queremos estar seguros.

Pero nada de esto es posible sin el concurso de otras ramas del Estado, por lo que no solo debe procurarse el control del Congreso, sino también el de la rama judicial. En ese propósito no solo es importante tratar de que en los altos cargos se elijan personas afines, sino poner a quienes no lo sean en contra de la comunidad, como cuando públicamente se insta a unos magistrados a resolver en determinado sentido una solicitud de extradición.

Cuando uno evoca estos, que son algunos de los rasgos característicos del totalitarismo, entiende que la ciudadanía se asuste frente a la posibilidad de vivir en semejante régimen. Pero aterra más que, dado su paulatino y sutil afianzamiento, terminemos immersos en él sin darnos cuenta.

 

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