Por: Juan Carlos Botero

Trabajar como un negro

Uno de los grandes aciertos de la reciente obra maestra de Steven Spielberg, Lincoln, es que muestra cómo el racismo estaba tan arraigado en la sociedad norteamericana en ese tiempo, que muchas personas asumían la discriminación como algo natural, lógico que existiera.

A fin de cuentas, la esclavitud estaba consagrada en la Biblia. Por eso, los ciudadanos que se creían de buen corazón rechazaban que el Congreso volviera iguales a quienes, como truena un senador en la película, “Dios ha creado desiguales”.

Más aún, cuando Lincoln propuso enmendar la Constitución para eliminar la esclavitud para siempre, cambiando las palabras del gran documento nacional, varios diarios opinaron que eso significaba, nada menos, que el fin de la civilización.

La razón por la cual hoy esto es relevante es porque el racismo persiste en nuestra era y no sólo en su expresión más ostentosa, en extremistas que quisieran matar a Barack Obama por ser un hombre de color; a la vez se sigue ejerciendo un racismo de apariencia inerme, cotidiano, visible en el uso de palabras, expresiones, dichos y chistes que se creen inofensivos pero que en realidad delatan el desprecio soterrado por quienes tienen un color de piel distinto. Como en tiempos de Lincoln, hoy muchos no son conscientes de su propio racismo, ni de las secuelas de su discriminación.

Por eso la Casa de la Cultura Afrouruguaya está circulando una carta para ayudar a borrar esas frases de nuestra lengua, y ha comenzado por donde debe: meditante una petición a la Real Academia de la Lengua para eliminar del diccionario la expresión: “Trabajar como un negro”. Esa frase alude a la era de la esclavitud y el sometimiento, y aunque la gente cree que no existe relación entre unas palabras de apariencia inocua y un linchamiento, la hay. Porque esos horrores no comienzan como horrores sino como lenguaje, como frases de cajón que se repiten a lo largo de generaciones, erosionando la igualdad, y de ahí surge la idea de borrar esa expresión del diccionario. “Y nosotros”, señala la petición, “a su vez nos comprometemos a borrar toda expresión discriminatoria de nuestras canchas, plazas, escuelas y sobre todo, de nuestras casas”.

Es bienvenida esta iniciativa. La frase es horrenda, porque así empieza siempre la violencia: en el lenguaje. La gente fácilmente olvida que cualquier grupo social puede sucumbir en la barbarie, algo que en Colombia, con varios de nuestros amables terratenientes convertidos en paramilitares homicidas, no se debería ignorar nunca. En efecto, la violencia que nace de la intolerancia a menudo nace así: cuando alguien resalta en otro, con sutil desprecio, su diferencia. La matanza quizá tome lugar después, lejos de allí. Pero la mentalidad que hace que esa atrocidad (y mil otras semejantes) exista, brota entre amigos y entre risas. Entre gente que bromea sobre quienes tienen la piel distinta, o el origen, o la sexualidad, o la religión o las ideas. Sin duda, debemos eliminar del diccionario esa expresión, “trabajar como un negro”, por algo que dijo Nietzsche: “Esto me ha causado el mayor trabajo y todavía lo hace: entender que como se llaman las cosas es muchísimo más importante que lo que en realidad son”. Es decir, para cambiar el mundo hay que empezar por el lenguaje. Como hizo Lincoln.

Buscar columnista