Trabajo y estudio: brechas en cuarentena

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La cuarentena ha desnudado inequidades que, de no enfrentarse, pueden marcar aún mayores distancias sociales y económicas entre los colombianos en los años por venir.

Se habla con facilidad del “telestudio” y el “teletrabajo” como si de un momento a otro, por las circunstancias del virus letal, millones de estudiantes y de empleados hubieran cambiado las clases presenciales y el trabajo in situ por actividades a desarrollar en espacios virtuales. No ha sido así por razones de conectividad, por un lado, y de cultura de uso de las tecnologías digitales, por otro.

No se conocen las estadísticas acerca de qué proporciones de alumnos y empresas han conseguido, en realidad, proseguir con actividades en línea. Se pueden, sin embargo, extraer algunas conclusiones a partir de lo que el DANE y otras entidades públicas han dado a conocer (antes de la cuarentena).

Aunque Colombia ha hecho notables avances en materia de conectividad, el virus nos sorprendió con una realidad común a países en desarrollo: en la mitad de los hogares no se puede, de entrada, teletrabajar o telestudiar, bien por ausencia o deficiencia de conectividad, o por carencia de equipos (computador fijo, portátil, tableta). La brecha es menor en ciudades como Bogotá, Bucaramanga, las del Eje Cafetero y el Valle de Aburrá; pero es muy grande en los departamentos de la costa Atlántica, la costa Pacífica y en los antiguos Territorios Nacionales; y muy profunda entre la ciudad y el campo.

Hay que recordar que hay unos 12,5 millones de estudiantes en la educación formal (alrededor de 2,5 millones en la educación superior y 10 millones en preescolar, básica primaria, secundaria y media). ¿Qué decir de quienes se queden rezagados en este 2020 por ausencia de infraestructura y equipos?

Hay otro problema relacionado con la educación, consistente en la ausencia de preparación de los docentes para trabajar en espacios virtuales, deficiencia que se ha hecho notable en universidades que no realizaron las inversiones requeridas, golpeadas, de hecho, por la baja en las matrículas, que tenderá a acentuarse.

En cuanto al teletrabajo, las alarmas de los gremios empresariales y del Gobierno deberían estar prendidas hace rato. Según el DANE (datos del 2018, publicados en diciembre de 2019), entre las empresas que conocían de la existencia del teletrabajo pero no lo habían puesto en práctica, las razones para no hacerlo estuvieron relacionadas con la seguridad de la información, desconfianza, ausencia de infraestructura tecnológica, miedo a la pérdida de control sobre los trabajadores; muchas no lo vieron necesario.

En el sector manufacturero sólo el 7,8% de las empresas contaban con algún programa de teletrabajo (las cifras para el teletrabajo autónomo, el suplementario y el móvil son inferiores al 5%).

Es claro que, además del frenazo en la economía y la caída de los ingresos, las empresas colombianas, en su inmensa mayoría, no están preparadas para el teletrabajo.

Además de buscar la democratización de la infraestructura y el acceso a la conectividad universal, hay un reto cultural descomunal y, a la vez, sencillo de afrontar: la apropiación del uso de las tecnologías de la información por parte de docentes, empresarios y trabajadores.

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