Por: Oscar Guardiola-Rivera

Tragedia

Hay un costo moral de la crisis causada por la ambición desmedida y la voluntad de acumulación que los economistas no pueden medir.

¿Cómo se mide el sufrimiento de quienes llevan meses o años sin poder obtener un empleo o la desolación de los que ven esfumarse años de esfuerzo, carreras enteras, relaciones y proyectos comunes de futuro?

No hay suma que pueda traducir esas catástrofes del alma, ni número que las compense. ¿Quién puede entender lo que significa para una familia contemplar la necesidad de una separación, ojalá temporal, cuando la falta de oportunidades obliga a partir con el fin de rehacer los horizontes o, simplemente, cuando se trata de una cuestión de supervivencia emocional y material?

Solemos juzgar los efectos de tales eventos en abstracto, como si fuesen caprichos de los dioses. Peor aún, nos culpamos a nosotros mismos y a quienes tenemos cerca, quienes seguramente han vivido a nuestro lado la frustración que producen la desesperación y la impotencia.

Observamos a otros, los más afortunados, y nos preguntamos si hay alguna razón dentro de nosotros por la cual, al contrario de las de ellos, nuestras vidas fracasan. En verdad, reflejamos en nuestro interior la capacidad autodestructiva de nuestra sociedad de acumulación, consumo y ambición sin límites.

Fue Adam Smith, y no Karl Marx, quien advirtió que nuestra búsqueda de éxito, nuestra admiración por los ricos y famosos, y nuestro afán de realización personal fácilmente podían convertirse en envidia.

La necesidad percibida de compartir el éxito que otros se supone ya tienen, decía el pensador liberal, lleva directo a la violencia desatada. Y no hay ley o Estado que pueda contenerla, pues los poderosos harán uso de ella para evitar perder lo que consideran suyo.

La única solución, decía Smith, consiste en educar nuestros sentimientos morales. Pero en vez de seguir las advertencias de los liberales clásicos y cultivar lo mejor de nuestra naturaleza, el dogma neoliberal ha creído mejor utilizar lo peor de ella para fomentar la competencia. El resultado ha sido el peor de los mundos posibles: un mundo de vidas y relaciones superficiales, brutales y cortas en el que importa menos sacrificar los delicados tejidos del amor, que contener nuestros propios afanes.

Marx, quien era un buen lector de Smith, tuvo razón al estimar que el capitalismo era inestable y autodestructivo. Pero no fue sólo su radical inestabilidad económica lo que comprendió mejor que muchos. Más importante, entendió que el capitalismo destruye su propia base social, la forma de vida de la clase media. Al condenar sectores cada vez más amplios de ésta a una existencia precaria, destroza sus lazos comunitarios y sentimentales. Esta es la tragedia que hoy vivimos.

*Analista y profesor del Birkbeck College de la U. de Londres.

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