Por: Rodolfo Arango

Traición con traición se paga

Pasada la convención del Uribe Centro Democrático viene a la mente la canción Traición con traición se paga, del grupo musical Comando Tiburón. No es que la accidentada jornada haya sido en sí misma una traición.

Pero bien puede percibirla así el exvicepresidente Francisco Santos, perdedor del encuentro pese a puntear con amplio margen en encuestas previas a la reunión. Se podrá decir, con razón, que el error lo cometió “Pachito”, como le dicen sus allegados, al haber aceptado trocar consulta popular por convención cerrada. Pero lo cierto es que, hasta el sol de hoy, no hay claridad de cómo transcurrieron los hechos en la apoteosis uribista que ungió a Óscar Iván Zuluaga como su candidato presidencial.

La molesta palabrita danza hace ya años en mente y conversaciones de círculos afectos al expresidente Uribe. El actual mandatario habría “traicionado” al electorado que confió en el continuador de las políticas de su antecesor. Buscar la paz y no privilegiar la aniquilación del enemigo, el grupo “terrorista” de las Farc, es para uribistas purasangre un acto de “alta traición”. Como si los votantes no tuvieran criterio o los mandatarios autonomía para decidir cuál es el rumbo que consideran debe dársele al país en cambiantes circunstancias.

Según el dicho popular, algo fuerte, “al perro no lo capan dos veces”. Esa parece haber sido la consigna al pasar de la consulta a la convención para ungir a un paisa incondicional, no a un bogotano “díscolo” y familiar del considerado “traicionero mayor”. Visto al desnudo, el episodio recuerda los sabios consejos para políticos sin límites dados por Maquiavelo a sus lectores cuando de acceder o mantener el poder se trata: si las familias del país ocupado son fuertes, debes aniquilarlas; si son débiles y sumisas, pronto las tendrás apoyándote luego de consentirlas.

El Uribe Centro Democrático tiene un claro objetivo en mente: exterminar a las guerrillas. Algo que no disgusta a amplios sectores acríticos, autoritarios y totalitarios. Para ese fin supremo es necesario reformar la Constitución en materia de reelección presidencial y de justicia. Los grandes escándalos de corrupción en las cúpulas no son algo aislado. Son producto de la estrategia para forzar una Asamblea Constituyente que permita el retorno al líder supremo y la finalización de los procesos penales contra “héroes de la patria”, sean parapolíticos o militares. Grave también es que eso mismo conviene a las Farc.

En su retirada a los cuarteles de invierno para analizar la derrota y planear el próximo paso a seguir, el exvicepresidente de seguro tendrá que espantar más de un fantasma. Pero no podrá escapar a su destino como familiar del actual mandatario cuando contemple sus posibilidades futuras en el uribismo. Con independencia de su decisión, lo cierto es que el Uribe Centro Democrático ha nacido fracturado, para bien de la paz y la justicia en Colombia. Esto porque la corrupción política y judicial que hoy sufrimos se incubó en la época de mayor degradación de la guerra, la cual ha dejado millones de víctimas.

Cuando, gracias a los avances educativos y culturales podamos abandonar el lenguaje de traición y carroña que domina el discurso político actual, el país tendrá una oportunidad real de paz. Sin la disposición mental para ello, la promesa de concordia tendrá que aplazarse varios lustros más. Para instituir un estado de paz no basta silenciar los cañones; se requiere constituirse en una comunidad política que acepte zanjar sus diferencias respetando las normas democráticamente establecidas.

 

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