Por: Gonzalo Hernández

Traición gremial

Lo frecuente es ver a los responsables de la política económica colombiana haciendo malabares para convencer a la ciudadanía de que las cosas van bien cuando no es así.

Cada enero presentan proyecciones optimistas sobre la economía que, como globos de fiesta infantil, empiezan a desinflarse al momento de terminarse la reunión. Pasados unos meses, en el segundo semestre del año, muy cerca de octubre, ministros y técnicos revisan y ajustan sus predicciones económicas para atinar con los resultados de diciembre. Así las lumbreras salvan su reputación. Y, luego de las celebraciones navideñas, el ciclo de optimismo seguido por desilusión se reinicia.

¡Cómo no van a tener artillería los amigos no economistas para burlarse de la disciplina! Hace poco me alcanzó la esquirla: “Economía: es la ciencia con la cual o sin la cual todo sigue tal cual”.

Al hacer sus declaraciones públicas, todos los responsables de la política económica se ven, casi siempre, alineados, serios, incluso poco empáticos con los que sufren las consecuencias de los problemas macroeconómicos –los desempleados, por ejemplo–. Lo más importante, dicen por ahí, es la discreción. No van a aceptar, por supuesto, que su acuerdo “gremial” de silencio los recubre a todos de teflón cuando se calienta el debate económico. En cambio, palabras más, palabras menos, nos dirán que la discreción es por el bien del país: declaraciones pesimistas sobre estados insatisfactorios de la economía solo llevarían a la economía a situaciones peores; los empresarios invertirían menos, endeudarse en el exterior sería más costoso, ¡sería una profecía autocumplida! Es mejor no hablar de que la economía no va bien.

No obstante, una que otra vez, se altera la armonía de la unidad gremial de los responsables. Algún alto funcionario público se sale del libreto. Habla de estancamiento económico, incertidumbre y preocupación por el desempleo. Esta vez lo hizo Juan José Echavarría, gerente del Banco de la República. Es difícil saber si lo hace por aspiraciones políticas o por alguna nostalgia de poder expresar sus ideas con la libertad de un analista económico.

De todas formas, con su movida, el gerente Echavarría desató un fuego amigo en el gremio de los hacedores de política. Y el ministro Carrasquilla salió a regañarlo. Faltó que le dijera: hombre, Echavarría, no nos traiciones; si nos toca, a última hora, enfatizamos que la economía mundial no está en su mejor momento. Nadie tiene que aceptar que la culpa está en casa.

Pronto sabremos si el gerente del Banco de la República acatará el llamado a orden del gremio o si decide avanzar un poco más, con algo de valentía, para iniciar una reflexión profunda sobre el manejo macroeconómico colombiano. ¿Se atreverá a cuestionar el aura de infalibilidad del Ministerio de Hacienda y del mismo Banco de la República? Lo dudo, pero es una sana fantasía.

De las disputas entre altos funcionarios, ocasionadas cuando se sacude el silencio del poder, hay que rescatar algo: pone a sospechar a los colombianos que ni el Gobierno ni el banco central están rindiendo debidamente sus cuentas sobre los resultados macroeconómicos mediocres.

* Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana (http://www.javeriana.edu.co/blogs/gonzalohernandez/).

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