Por: Álvaro Camacho Guizado

¿Traición a Uribe?

NO SE SABE BIEN SI PUEDE SER UN sociólogo, un politólogo o un psicólogo social, el analista que explique varias de las cosas que están sucediendo en el país en los últimos días.

Empecemos por decir que el presidente Santos tuvo que apoyarse de manera evidente en el prestigio del presidente Uribe: quería cabalgar en su 80% de aceptación. Y así ganó las elecciones.

Recordemos también que hasta poco antes de que lanzara su candidatura, Santos era fuertemente estigmatizado por su dudosa lealtad y artimañas. Alguien en una ocasión manifestó que votaría por Santos con la esperanza de que una vez posesionado capturara a Uribe y lo entregara a la Corte Penal Internacional.

Si juntamos los dos rasgos podremos entender que una vez posesionado en el cargo, y luego de llamar a Uribe “el segundo libertador de Colombia”, Santos se dedicara a desmontar gran parte del aparato clientelista con el que Uribe suplantó al Estado de Derecho durante sus ocho años de mandato. También se puede entender que muchas de las iniciativas santistas pretendan, sin hacer menciones desobligantes, desterrar la retórica belicista e intolerante y el carácter mayestático de su antecesor.

La reunión con Chávez (quien, según un amigo agudo observador, se vino a Santa Marta disfrazado de El Cole, aquel aficionado al fútbol que con un vestido de colorines acompaña a la selección Colombia) y la rápida reanudación de las relaciones con Venezuela; el otro tanto con Ecuador; el acercamiento a Unasur; la reunión con las cortes y la promesa de no insultarlas y acatar sus fallos; las promesas de tratar bien a los contradictores, sin chuzar a nadie; el programa de devolución de tierras a los desplazados; la iniciativa de presentar al Congreso un proyecto de una reforma política que contenga un estatuto de la oposición; el nombramiento de verdaderos ministros, algunos de los cuales habían sido críticos de Uribe; la promesa de actuar como en una urna de cristal en un decidido enfrentamiento contra la corrupción que venía creciendo de manera descomunal, en fin, todos estos gestos han producido un clima de tranquilidad en la opinión pública, exceptuados los uribistas recalcitrantes, claro está.

Y entonces viene lo extraño: se diría que la opinión pública sensata del país está feliz viendo cómo Santos traiciona a Uribe. O eso parece, para eso se necesita el psicólogo social que nos explique bien cómo es posible que haya gente que se presume sana, y que al mismo tiempo se complazca viendo la ejecución de semejante traición.

Eso, por una parte. Por la otra, un politólogo debería explicarnos qué paso con ese 80% de aceptación que tenía Uribe al finalizar su mandato. Si esta cifra fuera correcta, sería de esperar que una inmensa mayoría del país se erigiera furiosa a protestar por esa traición y defendiera a su ex presidente. Y esto sólo lo han hecho unos pocos de sus reconocidos paniaguados.

Los sociólogos deberán explicar el papel de los medios de comunicación y la creación de esas imágenes que primero elevaron a Uribe al curubito y ahora hacen lo mismo con Santos.

Y este modesto servidor, como un simple malicioso, diría: esperemos a ver hasta dónde llegan las traiciones.

 

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