Por: María Antonieta Solórzano

Transformar la conciencia

Cuando la intensidad de los acontecimientos que nos rodean nos confronta y las maneras de vivir no sirven para crear una convivencia próspera, es el momento de una reflexión, de un alto en el camino, o mejor aún, de hacer una transformación de la conciencia.

La noche del domingo apareció en un noticiero que cubría el terremoto de Chile un hombre que llevaba sus pertenencias en una bolsa. Iba camino a un refugio y cuando los periodistas le hicieron la típica pregunta de ¿cómo se siente?, él contestó: “Esto hay que aceptarlo y seguir adelante porque la naturaleza es así”.

Este hombre parecía invitarnos a entender que la naturaleza es incierta, que hoy se tiene pero mañana no, que la serenidad es el estado mental donde el contacto con lo esencial puede aflorar. Pero, en contraste, lo que nos ocurre es que aceptamos vivir inmersos en  la angustias y ambiciones de luchas por el poder en el seno del hogar o en la arena política.

Al buscar los privilegios igual podemos, en la vida familiar por ejemplo, contarle al grupo de los “malos” del colegio un secreto de un hermano y convertirlo en el hazmerreír del curso. O, desde lo político, hacer coaliciones donde los adversarios pueden perder desde su prestigio hasta la vida.

Hace tiempo, con ocasión del terremoto de Chile de 1.960, una niña de 11 años que se sintió conmovida con la situación le pidió a su padre que pintara un cartel con unas manos pidiendo ayuda para los afectados. Ella escribió su nombre y esperaba que sus compañeros la ayudaran a recolectar cosas. Llegó al colegio y puso el cartel en lugar visible. La directora de curso lo arrancó violentamente, fue hasta el salón y la regañó por su deslealtad y sed de protagonismo. La niña no debía hacer esas propuestas a título personal, sino a través de ella que era la autoridad.

La iniciativa se llevó a cabo a nombre del curso, con el compromiso y la motivación humillada de la niña, pero con el crédito para el adulto responsable. La actuación de la profesora estaba dentro de los cánones de nuestras formas de convivencia: el que tiene poder lo usa para ganar prestigio y privilegios. Al que no lo tiene hay que confundirlo, decirle que cuando siente solidaridad con los desposeídos es desleal y después sacar ventaja del sentimiento de culpa generado en esta estrategia.

Curiosamente, los desastres naturales ponen al descubierto una realidad más profunda: nada que se consigue con las artimañas del poder dura para siempre. Sólo podremos construir una sociedad capaz de enfrentar la adversidad inevitable, cuando desarrollemos la humildad y serenidad suficientes para apreciar que la solidaridad y la sabiduría son más esenciales a la vida humana que el prestigio y el poder.

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