Por: Arlene B. Tickner

Transición en Cuba

Por primera vez desde la Revolución de 1959 la sucesión en Cuba tiene temporalidad y nombre. Además de anunciar que no buscará la reelección después de completar su actual período presidencial en 2018, Raúl Castro nombró a Miguel Díaz-Canel como su primer vicepresidente, en un claro guiño a las nuevas generaciones del poder cubano.

Pese a la aversión de los “históricos” al uso de términos como “transición” o “reforma” —tal vez por el fantasma de la traumática disolución de la Unión Soviética—, desde antes de 2006, cuando Fidel Castro tuvo que abandonar el poder por causa de una enfermedad, Cuba ha sufrido un proceso gradual pero palpable de cambio. Éste comenzó en el “período especial”, durante el cual la economía se liberalizó y se abrió a la inversión extranjera en sectores como el turismo, el aparato productivo se descentralizó y se implementó una dolarización parcial mediante la creación de un sistema monetario dual. Al mismo tiempo, los peldaños inferiores y medios de la burocracia estatal se fueron poblando con funcionarios jóvenes sin recuerdos ni vínculos directos con la Revolución. La creciente diversidad en el espectro socio-político se observa en la Asamblea Nacional, en donde hoy participan representantes de los jóvenes, los afrocubanos, la comunidad LGBT y el sector privado.

Desde que asumió oficialmente la presidencia en febrero 2008, Raúl Castro ha acelerado ese proceso. Algunas medidas que en el pasado no tan lejano hubieran sido inconcebibles incluyen la creación de límites de tiempo a los cargos políticos directivos, el levantamiento de restricciones sobre la compra de celulares, la privatización y la legalización de la venta de finca raíz, la desestatización de la economía, la firma de dos convenciones de la ONU sobre derechos humanos, la liberación de presos políticos y la eliminación del permiso de salida del país.

El gobierno cubano no sólo se ha actualizado internamente, sino que ha buscado mejorar su imagen internacional, así como sus niveles de influencia en América Latina. Sin duda, el éxito de su política exterior ha sido inversamente proporcional al desprestigio de la torpe estrategia de los Estados Unidos hacia la isla. No de otro modo puede entenderse la reciente posesión de Castro como presidente de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Más allá del síndrome de David y Goliat, y de la simpatía ideológica de muchos gobiernos latinoamericanos dentro y fuera del bloque del ALBA —que se resume en la oposición común al “neoliberalismo salvaje”— y el reconocimiento de los logros sociales cubanos en salud y educación —el fortalecimiento de los vínculos con Cuba tiene también un carácter pragmático–. En el caso del gobierno Santos la participación de La Habana en las conversaciones con las Farc obedece a su confiabilidad entre las dos partes. Para otros, como el brasileño, estrechar las relaciones bilaterales no sólo es rentable en términos comerciales, sino necesario para ayudar a que la sucesión sea fluida.

En diciembre 2010 Raúl Castro afirmó: “o rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio, nos hundimos…”. Si bien para algunos el discurso aperturista del régimen constituye una simple jugada (estalinista) para aplazar o impedir el cambio genuino, hay que ser ciego para no reconocer que en Cuba hoy hay transición. 

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