Por: Jaime Arocha

Transmilenio en Tumaco

Para nuestros amigos de la cooperación internacional, nuestro viaje a la región del río Telembí fue temerario. Nosotros nos sentimos amparados por nuestros anfitriones para quienes es invaluable la paz inaugurada en diciembre de 2016 y aún sueñan con un porvenir sin cotidianidades de sangre.

Me he referido a las conmociones emocionales y espirituales debidas a la liturgia en honor a Jesús de Nazareno, el patrono del puerto de Magüí-Payán, pero ese viaje también fue como un deporte de alto riesgo por los desplazamientos terrestres. Salíamos hacia Barbacoas de una estación tumaqueña llamada Transmilenio. En una vieja van para ocho personas el chofer había acomodado 16 pasajeros, y trataba de mantener los 100km/h, pese a las motos que se le cruzaban, a los corrillos de personas conversando a la vera del camino y a los retenes que ponían las jovencitas para financiar sus celebraciones del 6 de enero. La demografía mayoritaria de personas negras ya la balanceaban gente indígena y mestiza del Caquetá, Putumayo y Cauca. Plantaciones de palma aceitera se extendían a ambos lados de la vía casi hasta que comenzó el ascenso hacia Pasto. Imposible no recordar a pioneros del decenio de 1990 en la lucha por la territorialidad afro como Daris Elsa Quiñones, desplazada hacia 1995, la hermana Yolanda Cerón y don Francisco Hurtado, asesinados por paramilitares.

Nos bajamos en Junín, una bifurcación con restaurantes, gasolineras y decenas de muy precarias burbujas Toyota modelo 80, quizás 90. A una de esas camionetas nos fueron montando hasta completar 11 pasajeros. Salimos como almas que llevan los diablos por una vía angosta de concreto, rodeada de una selva montañosa y exuberante, con una cantidad inimaginable de helechos arborescentes del resguardo Nambí Awá Piedra Verde, escenario por lo menos desde 2012 de acciones paramilitares de masacres, torturas y destierros.

Un relleno sanitario nos anunció la proximidad de Barbacoas. Ese 4 de enero, el malecón estaba repleto de peregrinos que buscaban cómo llegar a Magüí. Nos subimos a otra burbuja, pasamos en ferry al otro lado del Telembí y salimos a una velocidad inverosímil para la trocha que teníamos al frente. A las cinco nos recibía Wisman Tenorio y nos llevaba a un hotel moderno, pidiéndonos estar listos a las siete.

La cita fue en el salón comunitario que albergaba la exposición titulada “Altares velorios y santos vivos del Pacífico sur”. A diferencia de los que habíamos montado con Wisman diez años antes en el Museo Nacional, en cada uno de los de Magúí había personas conocedoras de la tradición que representaban el rito correspondiente, incluyendo las prácticas de una partera, las de los juegos de muluta que se hacen alrededor de un altar fúnebre de angelito, las de un velorio de cuerpo presente, las de la última noche de la novena fúnebre y las que se hacen en honor a la virgen del Carmen.

Cada retablo daba fe del refinamiento estético que Wisman lograba condensar, luego de orientar a quienes hacían los montajes. La autenticidad era fundamental para recuperar memorias que el conflicto armado o había sepultado en ese puerto o erosionado entre los desterrados que se habían instalado más que todo en el distrito de Aguablanca en Cali.

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