Por: Eduardo Sarmiento

Transmisión de la crisis

La economía mundial no divisa la luz al final del túnel. Europa y Estados Unidos continúan en descenso con altibajos y los países emergentes empiezan a sentir los efectos del contagio.

La constante sigue siendo la falta de claridad sobre las causas de la crisis. En el fondo, el diagnóstico de los círculos dominantes da por sentado que se trata de un problema coyuntural que se autocorrige o se corrige con políticas monetarias tradicionales. Tanto en Europa como en Estados Unidos hay una aceptación no explícita en contra de las políticas expansivas, no obstante que se sabe que fue la única forma de superar la crisis de 2008. La propuesta de Obama, de aplicar estímulos de empleo y reducir impuestos, se enterró a los pocos días de divulgarse. Del mismo modo, Europa insiste en que la solución de Grecia, y en general de los países periféricos, se debe adelantar mediante la ampliación de créditos y la austeridad fiscal.

Lo único que se ha hecho es la decisión de la Reserva Federal de sustituir títulos del Tesoro de largo plazo por corto plazo y la ampliación de fondo del rescate de Grecia. Si bien en ambos casos las decisiones moderaron la caída de las cotizaciones de la bolsa, no influyeron mayormente en los indicadores fundamentales. En Estados Unidos el consumo, la producción industrial, el ingreso y el empleo revelan un deterioro persistente, a tiempo que Europa ha entrado en ritmos de crecimiento inferiores a 1%.

Lo grave es que la contracción de la actividad productiva está afectando seriamente el sistema financiero. Los bancos europeos enfrentan serias dificultades de solvencia que se agravan y trasladan al resto del mundo. Los bancos de inversión de Estados Unidos registraron en el tercer trimestre el peor desempeño después de la recesión de 2008.

El agravamiento de la crisis sólo puede entenderse por la negligencia de los líderes mundiales y la resistencia a reconocer el fracaso del orden económico internacional. Las perspectivas serían muy distintas si hubieran accedido a darle una mayor flexibilidad a la inflación, sostener los estímulos fiscales e intervenir en forma coordinada los tipos de cambio.

En América Latina, y en general en los países emergentes, reina la incertidumbre. Los gobernantes y los asesores no entienden las turbulencias de Estados Unidos y Europa, y menos como se manifiestan en sus países. En varios países ya se sienten las secuelas. Brasil, México y Chile han reconocido una disminución del crecimiento económico de un punto porcentual. Los bancos centrales que estaban comprometidos en elevar las tasas de interés para contener la inflación no saben qué hacer para revertirlas.

Al igual que la crisis de 2008, se observa que la transmisión de la crisis de los países desarrollados se da por la vía de las exportaciones industriales, los precios de los productos básicos y los bancos. Así, los países emergentes más asediados son aquellos que disponen de una amplia base industrial, como México, Brasil e incluso China. El efecto sobre los productos básicos se da más lentamente, pero puede presentarse en forma más pronunciada. En septiembre se presentó una caída de 15% en los precios de los alimentos y los minerales, que tuvo un impacto fuerte en Chile y no demora en extenderse a Colombia y Perú. El contagio financiero tiene lugar en forma silenciosa y está por verse; inevitablemente los bancos procederán a restringir el crédito y el público a no solicitarlo.

La protección contra este panorama externo recesivo es la ampliación del mercado interno, hoy en día interferido por la prioridad de inflación y el TLC. Hay que bajar las tasas de interés, ampliar el gasto público financiado con emisión, intervenir el tipo de cambio y adoptar políticas industriales.

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