Por: Ricardo Bada

Tranströmer

Algo que siempre me consuela, si en Estocolmo sacan un conejo inesperado del sombrero, es cuando galardonan a un autor que lo merecía sin que se supiera.

Esta vez ha sido una de ellas, como con Wislawa Szymborska en 1996. Así es que me interesó conocer las reacciones de la tribu Twitter ante la noticia y registré las señales de humo más variopintas. Andrés Hoyos relevó un verso del poeta laureado: “La música es una casa de cristal en la ladera donde vuelan las piedras”; y Héctor Abad Faciolince, cosa rara en él, recurrió al telegrama: “Tomas Tranströmer: poeta (1931). Poco prolífico, toda su obra cabe en un libro de bolsillo. No lo he leído. Cada 15 años premian la poesía”. Ibsen Martínez citó a John Freeman, editor de Granta: “[Tranströmer] es a Suecia lo que Robert Frost fue a los Estados Unidos”; y Ana María Mesa me citó a mí: “La obra completa de Tranströmer: 264 páginas de poesía y 80 de prosa. Ha escrito menos que Juan Rulfo, lo que ya es decir”. Luis H. Aristizábal le dedicó tres tuits al tema, abrochando la terna con un viejo y nada memorable juego de palabras: “Ahora no es poeta sino nobelista”; y Vicente Luis Mora nos afrijoló un tuit desconcertante: “Feliz sobre todo porque haya ganado un escritor. Parece mentira que debamos enfatizar eso”. Pero ¿quién sino (si no) un escritor puede ganar el Nobel de Literatura? Espero que la manga ancha de la Academia Sueca no alcance como para dárselo a un pintor.

Hubo quienes naturalmente se lo tomaron a broma: “Pues nada, a leer poesía sueca. Pero Transtromer ¿no era una película de robots?”. “La obra de Tranströmer no está traducida al castellano, pero hay una buena edición en serbio”. “¿Es que ustedes no leyeron a Tranströmer en el kinder?” La palma se la lleva, según mi criterio, la tuitera que adujo: “Creo que si he leído algún autor sueco ha sido por descuido”. Alguien le retruca: “De pronto leyó a Selma Lagerlöf, ¿no?”. Y ella: “Ni por descuido. La verdad es [que] podría saber más de literaturas nórdicas, y no”. Pero todavía más verdad es que uno se pregunta qué entendía las dos veces por “descuido”. ¿No será que lo confunde con “casualidad”? Porque leer a alguien por descuido, esto es: por omisión, negligencia, falta de cuidado, olvido, inadvertencia y, sobre todo, acción reparable o desatención que desdice de aquel que la ejecuta, o de aquel a quien ofende o perjudica, todo eso es cosa grave. A fe mía. Como diría Cantinflas: “¡Hay que ver lo que es la falta de ignorancia!” Aunque, de todos modos, ¿qué importancia tiene, pensando que tampoco Tranströmer habrá leído a la tuitera, ni siquiera por casualidad?

 

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