Por: Alberto Carrasquilla

Tras la Derrota

Para quienes cruzamos el océano del reciente proceso electoral colombiano en un barco diferente, no nos queda cosa distinta a desearle lo mejor del viento y de la mar al buque ganador del Presidente Santos y a sus tripulantes. Como bien lo dijo Oscar Ivan Zuluaga, de eso se trata en una democracia. Y como remataría Churchill, la democracia es la peor manera de resolver los complejos problemas de escogencia colectiva, salvo por todas las demás.

Para los optimistas, Colombia estrena una variante de la Concertación Chilena que toma el poder en 1990, al interior de la cual cupieron y fueron respetadas todas las opiniones, desde el centro hasta el socialismo radical. Al amparo de la concertación, Chile se convirtió en la envidia económica e institucional de cualquier latinoamericano razonable y, para los optimistas, Santos II sería el principio de una concertación a la colombiana. Tres reflexiones al respecto.

Primero, en Chile las reformas democráticas partieron de una premisa: los fundamentos del modelo económico liberal que habían introducido los Chicago boys, no eran negociables. La concertación no fue concebida como un vehículo para cerrar la economía, ni para estatizar la seguridad social ni como un programa masivo de gasto público. La concertación fue concebida, como un instrumento cuyo objeto era armonizar democracia y derechos ciudadanos, de un lado, e iniciativa privada y eficiencia económica, del otro en un entorno de estabilidad en las reglas del juego. Patricio Aylwin, el primer presidente de la concertación, hablaba de “neoliberalismo con rostro humano” y algunos observadores críticos lo denominan hoy día, con desprecio poco velado, el neoliberalismo maduro.

Segundo, no podemos olvidar que Colombia ya tuvo, también en 1990, un proceso similar cuyo origen fue la enorme insatisfacción con el atraso institucional, las múltiples violencias y la exclusión política y social. Esta inconformidad hizo rápido tránsito del simbolismo estudiantil al texto constitucional de 1991, carta que encarna la confluencia de todo el espectro político existente, desde la derecha de Salvación Nacional hasta la guerrilla reinsertada del M19, pasando por artistas, celebridades y figuras deportivas. En ese sentido, Santos II sería una especie de segundo envión de una concertación a la colombiana cuyo primer tramo, aun cuando disparó el gasto público y atajó el ánimo de lucro, no pudo obtener en su primer cuarto de siglo ni la paz ni la equidad social que se había propuesto. Obviamente, anunciar un plan para reformar “todo lo necesario” para lograr la paz es, simple y llanamente, anunciar nuevas incertidumbres.

Tercero, lo que podríamos llamar, entonces, la segunda concertación a la colombiana gira alrededor de un solo tema extremadamente impreciso en lo político, que es la paz. En la concreción de lo que significa el término, será muy influyente la idea de que la solución definitiva de nuestras múltiples violencias, pasa por desaparecer sus llamadas “causas objetivas” o sea una revisión del modelo económico liberal que, según muchas voces importantes de la coalición, impera en Colombia. Esta segunda concertación probablemente terminará, como su antecesora, disparando el gasto público, frenando la apertura y exponenciando la presunción de gratuidad. Ya Juan Camilo Restrepo, por ejemplo, ha desmenuzado lo que él denomina los planteamientos radicales de la llamada cumbre nacional agraria, y califica de “potencialmente gigantescos” los costos institucionales de las exigencias que dicho colectivo lleva a la mesa de la paz.

En conclusión, interpretar el triunfo indiscutible de la coalición reeleccionista en general y de la izquierda, en particular, como el surgimiento de una alternativa similar a la Concertación que tomó el poder en Chile en 1990, es aventurado por tres razones. Primero, porque en Colombia la coalición triunfante no defiende las bondades del liberalismo económico ni mucho menos está proponiendo darle rostro humano al poco que hay. Segundo, porque ya la Constitución de 1991 encarna los ideales de equidad, paz e inclusión y el hecho es que la reelección se logró gracias a convencer a muchos votantes que ese marco institucional es insuficiente y requiere reformas, lo cual significa que en lugar de privilegiar la estabilidad en las reglas del juego, como en Chile, se incubaron nuevas incertidumbres. Tercero, porque tal y como sucedió en 1991, las reformas que la coalición implementará para lograr la paz tendrán beneficios para algunos actores, pero acarrearán costos institucionales importantes en el mediano y largo plazo que fueron y que son inimaginables en Chile.

@CarrasqAl
 

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