Por: Eduardo Barajas Sandoval

Tras la reconquista de la gran ciudad

Quiéralo o no, cualquier gobierno nacional expone su credibilidad en las elecciones locales. Cuando ha transcurrido ya tiempo suficiente para el desencanto de algunos sectores, las elecciones de alcaldes ponen a prueba la fortaleza política de los presidentes. Así en apariencia se trate de cosas diferentes, los ciudadanos tienden a votar en favor o en contra del partido gobernante, según perciban las condiciones de la vida cotidiana. Como ciudades y aldeas son el escenario de esa vida diaria, y de sus facilidades o problemas, allí es donde terminan por manifestar su estado de ánimo. 

A lo anterior hay que agregar que, así se trate de las ciudades capitales, o de las más significativas por su volumen poblacional, su fortaleza cultural o su tradición política, existe una especie de "instinto opositor" que, en muchos casos, lleva a que el partido en el gobierno pierda las elecciones locales. Advertencia y señal de alerta para los gobiernos nacionales, y también mecanismo de equilibrio democrático, si se le quiere ver así.

Ekrem Imamoglu, en representación del Partido Popular Republicano, opositor del gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo, AK, del Presidente Recep Tayyip Erdogan, volvió a ganar, en el término de pocos meses, la Alcaldía de la ciudad de Estambul. La primera vez lo hizo por trece mil votos de ventaja sobre su contendor, Binali Yildrim, destinado por su jefe a conseguir la alcaldía para que el AK continuara su racha de dominio político de la ciudad por veinticinco años.

En esta ocasión la victoria adquirió proporciones enormes, pues superó ampliamente la ventaja original de trece mil votos, para consolidar una de más de setecientos mil. Resultado que, a todas luces, significa una dura respuesta a la pretensión de Erdogan de no perder la ciudad, motivo por el cual demandó la primera elección y propició una nueva oportunidad.

El presidente, que ha introducido cambios importantes en la estructura del Estado, para establecer un modelo con su propio sello, presidencial, que se aleja del modelo original del Fundador de la Republica, Mustafá Kemal, Ataturk, había dicho con toda claridad que quien gane Estambul gana Turquía. En su misma lógica, ya se puede entender todo lo que, inclusive para él, significa perder allí.

El nuevo alcalde ha dicho que se inicia una nueva era, lo cual es obvio. Pero ha agregado que el resultado significa el avance hacia un equilibrio democrático, en lo cual tiene razón, pues el hecho de interrumpir la marcha triunfal de Erdogan hacia el dominio más amplio posible del espectro político del país. La primera prueba de ello radica en el hecho de que el Presidente felicitó al vencedor, e Imamoglu, por su parte, no vaciló en expresar su ánimo de cooperar con al Jefe del Estado. Todo lo cual no merecería comentario especial, si no se produjera dentro de un ambiente hasta ahora enrarecido.

El solo hecho de haber roto la secuencia de victorias, y el mito de la invencibilidad del Presidente, pone las cosas en un nuevo tono. Y, como ese mito era hasta ahora parte del patrimonio político de Erdogan, sus cuentas tienen que cambiar. Lo que no va a cambiar, es su temperamento, pues ya sabemos que algo esencial de los políticos es que raramente sufren metamorfosis. De manera que ahí seguirá vigente la idea del designio supremo del que se considera investido, y que ha impulsado hasta ahora su carrera política. Designio del cual sabrá sacar también ahora el mejor provecho posible. Para ello sirve ahora el hecho de no tener la presión de la condición de invicto. Circunstancia que aprovechará, frente a sus enemigos, como ya lo hizo con el gesto democrático de reconocimiento al nuevo alcalde. Y también ante sus adeptos, en la Turquía campesina y profunda, donde vive esa mayoría sensible a la condición de "comandante político herido en combate", que puede obrar milagros.

Pero, el resultado electoral de Estambul no es el único problema del Presidente. Allá, en el fondo de las clases más y mejor educadas, en los sectores medios de la sociedad, e inclusive en muchas aldeas, sobrevive el espíritu "kemalista" que ha impulsado por casi un siglo la vida de la República, desde el momento mismo de su fundación. Energía política que ha despertado no solamente con el resultado electoral de la ciudad más grande y significativa del país, y para el mundo tal vez la más importante de la historia, sino también con el triunfo de la oposición en Ankara, la capital, y en la simbólica ciudad de Izmir, la antigua Esmirna griega, que suman muchos puntos en el juego hacia el futuro.

Por otra parte, soplan vientos de división en el propio seno del AK. Y ya se sabe que las roturas que comienzan a darse desde arriba terminan por romper los monolitos más fácilmente que las que se puedan dar por los lados.

Es entendible que, como era de esperarse, no solamente la oposición turca haya celebrado el resultado electoral. También lo celebran otros, tanto en el país como en el exterior. Por ejemplo, periodistas y otros orientadores de opinión que habían hecho grandes esfuerzos por atajar la arremetida del AK, y ahora piensan que su tarea se ve recompensada en las urnas. Los opositores que salieron del país y han hecho su oficio desde otras partes. Y, claro está, los malquerientes de la aventura de desmontar el esquema de Ataturk, cuya imagen tradicionalmente ha lucido en banderas callejeras, corredores, y pasillos de edificios públicos, bazares, hoteles y pequeños negocios de comida, talleres de reparación de automotores y bicicletas, kioskos y ventas de barrio, y que ya estaba comenzando en algunos lugares a ser reemplazada por la fotografía del nuevo interesado en convertirse en jefe supremo de la nación. A todos ellos hay que sumar a quienes, por ejemplo, desde Europa y los Estados Unidos, han desconfiado de la militancia turca en la OTAN, maximizada por la danza turco - rusa de Erdogan con Putin.

Como suele suceder en política, a pesar de las declaraciones y aún de la buena voluntad de los protagonistas, el antagonismo entre los partidos turcos no va a disminuir sino a aumentar. Cada quien buscará hacer caer en cuenta a los ciudadanos de que su camino es el que conduce, de verdad, a la felicidad. Y es aquí en donde todos deben tener en cuenta, dentro y fuera del país, que la confrontación con un viejo zorro, resabiado y herido, no va a ser para nada fácil. En sus manos tiene la experiencia de muchas batallas. Sabe muy bien lo que quiere, y hasta ahora sí que lo había obtenido.

Así como con la "concesión democrática" de ahora mejora sus credenciales, ya encontrará nuevos elementos para reforzar ese discurso que tanto ha gustado en esta época de populismo conservadurista, cuyo abanderado mayor, el de los Estados Unidos, le acaba de dar la bendición al eximirlo de las sanciones que a otro le habría "impuesto", como si fuera el dueño del mundo, por haber comprado armas rusas. Si eso es así en el campo internacional, donde Erdogan se mueve sin sumisión ni complejo alguno, cómo irá a ser de puertas para adentro.

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