Por: María Antonieta Solórzano

Trascender el conflicto

Cuando la serpiente quiere hacer las paces con los aldeanos, el maestro le ordena no morder y le pide que no deje de silbar.

Cada vez que en un conflicto familiar o en una guerra entre naciones logramos reconocer que en el rival también habita un ser humano, con historia, familia, virtudes y defectos, vislumbramos la presencia de lo sagrado. Aun así el dilema para los adversarios que buscan la reconciliación no es trivial.
Si aceptamos “poner la otra mejilla”, el agresor podría continuar devastándonos sin límite alguno, al amparo de la propia complicidad. O si, por el contrario, elegimos la venganza, sólo hay dos finales posibles: vencedores - victimarios o esclavos - víctimas.

Pero ni la sumisión o la retaliación ni la venganza o la guerra son posibilidades, lo claro es que perdonar y conciliar exigen trascender el paradigma que divide a la humanidad entre dominantes y dominados.

La vía regia sería, entonces, un arreglo en el que se den dos condiciones: una, que el adversario, consciente de nuestra fuerza, piense que es vital transformarse en aliado, y dos, que nosotros reconociendo el papel significativo que tiene el enemigo, en nuestro futuro optemos por trascender el dolor para cooperar.

Es un camino interior que requiere grandeza de alma y un discernimiento que diferencie al guerrero del asesino y al héroe del matón.

Si este crucial tránsito sucede, se despeja el futuro tanto para la humanidad como para cualquier familia particular.

Un padre y una madre estaban seguros de que su hija los maltrataba sin motivo alguno. En una sesión de terapia vieron que sus acciones participaban en el surgimiento de esa violencia.

A su vez, la hija pudo notar que con su dureza intentaba “no dejarse” y, en simultáneo, tener la esperanza de despertar la conciencia del amor en ellos. Cuando dejaron atrás la sensación de estar heridos, los padres se arrodillaron para agradecerle el sacrificio y ella abandonó la lucha de poder. Todos reconocieron que el perdón y la humildad conducen a la paz y la familia encontró luz al final del túnel.

Perdonar y conciliar nos enseñan que la humanidad es una sola comunidad y que lo que le sucede a uno de sus miembros acontece también para el resto. Cuando hay una víctima o un perpetrador, la humanidad entera sufre de ese mal y a todos nos concierne el compromiso con la liberación.
Nuestros hijos habitarán una cotidianidad sagrada, sin víctimas ni victimarios, si actuamos con la dignidad que el perdón y la conciliación requieren. Quizás una acción revolucionaria en la que al igual que Jesús nos atrevamos a ver en los discípulos y en los superiores jerárquicos, en el perseguidor y el adepto, en el amigo y en el enemigo la presencia del hermano.

 

 

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