Por: Fernando Araújo Vélez

Trenzas de libertad

Los mismos que enviaron a sus esbirros para que lo mataran y borraran del planeta a su esposa, Rita Anderson, y a su productor, Don Taylor, fueron aquellos que mucho tiempo después, 30 años, protegieron como patrimonio de la humanidad, de la paz y la libertad la choza donde creció y vivió en Nine Miles.

Aquellos que en 1976 lo acribillaron porque había ofrecido un concierto multitudinario en Kingston para unir a las derechas y las izquierdas en su tierra, una tierra socavada por las politiquerías, se indignaron en 2005 porque Anderson escribió en su biografía No woman no cry, que él, Bob Marley, en realidad Robert Nesta Marley, habría preferido terminar sepultado en África y no en Jamaica.

Antes, mientras cantaba su “extraño” reggae y decía cosas como “400 años y es lo mismo, la mismo filosofía, he dicho que es de 400 años, mira cuánto tiempo y la gente que todavía no puede ver”, Marley era un mulato-mestizo apestoso para ellos. Los negros lo despreciaban por blanco, y los blancos, por negro. Su padre había peleado en la Primera Guerra Mundial como inglés. Su madre era negra jamaiquina. El alférez Norval Marley se fue un día cualquiera, seducido por su propia madre, a quien le dolía haber tenido un nieto “oscuro”. Doña nadie Cedella Booker se encargó de él toda la vida. Marley cantaba y fumaba. Ella intentaba conseguirle estudios y algún trabajo. La música y el humo pudieron más, pues con la música y el humo conseguiría vengarse de quienes humillaban, pisaban, reventaban, arrasaban y mataban. Lo logró mientras vivió. Luego lo utilizaron.

Después del atentado de diciembre del 76, Marley se subió a una tarima y cantó. Cuando le preguntaron por qué, respondió: “La gente que está tratando de hacer este mundo peor no se toma ni un día libre... ¿Cómo podría tomarlo yo? Ilumina la oscuridad”. Luego se transformó o lo transformaron en intocable, y más tarde, por un golpe mientras jugaba fútbol que se convirtió en cáncer, en inmortal. Cantó con Bruce Springsteen y con Stevie Wonder, reunió a 100.000 personas en Milán, tocó en la ceremonia de independencia de Zimbabue y regresó a su Jamaica para que lo enterraran con su guitarra Gibson Les Paul roja. Un día antes de morir le dijo a su hijo Ziggy “El dinero no puede comprar la vida”.

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