Por: María Teresa Ronderos

Tres aplausos y una duda ante la caída de Arias

ERA PREVISIBLE QUE MUCHOS REAccionaran con alegría ante el fallo de la Procuraduría que destituyó e inhabilitó al exministro de Agricultura Andrés Felipe Arias por 16 años.

A pesar de su pinta de tecnócrata de inteligencia precoz, la sorna dibujada en sus labios acentuaba su soberbia y provocaba desconfianza. Y su ambición quedó desnuda cuando, cual politiquero de provincia, apeló a todo medio para conseguir los votos necesarios para ser ungido candidato conservador. No hay que olvidar sus tratos electoreros que le costaron el puesto al exgobernador Abadía.

La dicha de la gente, siempre cruel con el caído, también expresaba cierto alivio. ¡Pensar que a estas alturas Arias podría ser presidente de Colombia, si no es porque Noemí Sanín se le atravesó! (Sin duda, el país le debe eterna gratitud a Sanín por su sacrificio). Pero la decisión de la Procuraduría gusta además porque es un castigo a la corrupción que reinó bajo el gobierno anterior. A medida que el país va despertando del hechizo uribista, ésta ha venido estallando como pústulas de un cuerpo enfermo.

Aún más importante, este dictamen marca el fin de un modelo económico que abanderaba el exministro Arias con particular desfachatez. Es el modelo que denunció la exsenadora Cecilia López desde que el gobierno Uribe quiso entregarle las 17 mil hectáreas de Carimagua, destinadas a pequeños agricultores, al propietario único que demostrara la mayor riqueza. Arias concebía el desarrollo del campo como un asunto de grandes empresarios subsidiados. Y a los campesinos les dejaba la generosa opción de ser jornaleros y de recibir migajas de los programas estatales para perpetuarles sus ingresos de subsistencia.

Arias nunca se enteró de que en Colombia viven seis millones de campesinos, quienes, a pesar de que los han perseguido, despojado y dejado sin subsidios, y el 64%  está en la pobreza, hoy producen la mitad de la comida del país. Su alardeada brillantez tampoco le dio para darse cuenta de que la paz en Colombia pasa necesariamente por una mejor distribución de la tierra y de los bienes públicos. Sólo así se puede conseguir un campesinado medio, moderno, altamente productivo y que se beneficie con los crecientes precios internacionales de los alimentos. Al contrario, bajo su égida, nos volvimos campeones mundiales de la concentración de la tierra, se destruyó lo poco de institucionalidad agraria que había y se descaró el dedazo en favor de los amigos.

A pesar de los justificados aplausos al fallo, queda una duda. ¿Por qué le dieron apenas 11 meses de suspensión a Juan Camilo Salazar, tan integral al Agro Ingreso Seguro y a sus malos manejos como lo pudo ser Arias?  En 2007, cuando Salazar era director de AIS, se repartieron millones en subsidios que fueron a dar a grandes hacendados, reinas y políticos. ¿Cómo sale mejor librado que otros funcionarios de nivel medio, que rindieron conceptos técnicos y no repartieron un solo peso de subsidios? ¿Tienen entonces algún asidero los rumores que circulaban desde hace meses de que su exoneración estaba orquestada de antemano por los terratenientes beneficiarios en el Caribe?

El temor es que, una vez sacrificado el odiado Arias como principal responsable, y algunos técnicos de nivel medio, la tribuna de opinión quede satisfecha. Y permanezcan en la impunidad oscuros cómplices del modelo Carimagua que busca, aún hoy y en contra de la nueva política oficial, legitimar bajo un disfraz de pragmatismo económico, el fruto de la violencia y de la corrupción. En manos de la Fiscalía está que la justicia sea completa.

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