Por: Santiago Montenegro

Tres crisis en una

En febrero de 2009 planteaba en esta columna que no había sólo una sino dos crisis en la economía mundial.

La primera crisis se estuvo cocinando desde muy atrás y estaba explicada fundamentalmente porque los Estados Unidos, Escandinavia, España y el Reino Unido se habían dedicado a consumir, a ahorrar muy poco, a tener una deuda gigantesca y a presentar unos déficits enormes en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Y, por el otro lado, Japón, Alemania y China tenían un ahorro altísimo, enormes superávits en cuenta corriente, con los cuales financiaban las emisiones de bonos del tesoro de los Estados Unidos. Para solucionar estos desequilibrios, los primeros países debían ahorrar más, corregir los déficits fiscales y elevar las tasas de interés y, por su parte, los países ahorradores deberían consumir más, aumentar el gasto público y disminuir las tasas de interés. En esas estábamos cuando Henry Paulson, entonces secretario del Tesoro, dejó quebrar a Lehman Brothers, en septiembre de 2008, haciendo colapsar a los mercados financieros y precipitando la mayor pérdida de confianza desde la Gran Depresión de los años treinta. Así llegamos a la segunda crisis.

Al contraerse dramáticamente las llamadas economías reales y subir el desempleo, a partir de ese momento tocaba hacer exactamente lo contrario de lo que había sido necesario para resolver la primera crisis. Ahora había que bajar las tasas de interés, extender crédito y subsidios a los bancos, y aumentar el gasto público, con la consiguiente explosión de los déficits fiscales y la deuda pública. Y esto había que hacerlo en todas partes porque la desaceleración fue realmente global.

El supuesto era que todo aquello había que mantenerlo hasta que retornara el crecimiento y, más pronto que tarde, resolviéramos la crisis de confianza. El problema gravísimo que enfrentan hoy las llamadas economías desarrolladas es que el crecimiento no ha retornado a tasas suficientemente altas para disminuir el apalancamiento de hogares y empresas, corregir los desequilibrios fiscales, revertir la tendencia creciente de la deuda pública y bajar el desempleo. Esos países, entonces, siguen con las dos crisis, agravadas por los nuevos problemas de solvencia de Grecia, Portugal, Irlanda y, en menor medida, de España e Italia.

Pero, como si lo anterior no fuera poco, ahora hay otra crisis, tanto o más grave que las anteriores. Es la crisis de interinidad política en la que se han sumergido los principales países del mundo. En España, habrá un nuevo gobierno sólo hasta el 20 de noviembre; en Francia habrá elecciones presidenciales en 2012 e Italia elegirá nuevo gobierno también el próximo año. Japón acaba de cambiar nuevamente de primer ministro y no se sabe qué tan estable será. Pero la mayor incertidumbre política es la de los Estados Unidos, donde el presidente Obama se ha convertido, en la práctica, en un presidente interino hasta las próximas elecciones, dentro de 14 meses. Debilitado por el alto desempleo, por el odio que le tiene la extrema derecha y por los ataques desde la izquierda de su partido, pese a su inteligencia y carisma, quienes lo conocen dicen que Obama tiene un gran temor a jugársela toda, a mostrar liderazgo y una autoridad categórica por temor a caer en el estereotipo del angry black man, lo que espantaría definitivamente a los electores independientes. El prospecto para la economía mundial es, entonces, de nulo o bajo crecimiento hasta finales de 2012 y alguna recuperación sólo hasta bien entrado el 2013. Porque ya no son dos, sino tres crisis en una.

 

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