Tres mujeres y un mundo

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No puedo ocultar la emoción que me produjo ver a Shakira y a Jennifer Lopez cantando y danzando en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl de Miami. Pero todo el tiempo mientras las veía sentí que allí había algo más, no solo el talento y la trayectoria de esas dos mujeres: algo indefinible que le daba a aquel show una significación poderosa. Hoy, releyendo la crónica de García Márquez sobre Shakira, creo haberlo encontrado: “Es el caso ejemplar de una fuerza telúrica al servicio de una magia sutil”.

Personas a las que admiro y respeto han visto en ese espectáculo apenas el sometimiento de dos mujeres latinas a los paradigmas vulgares del machismo. Han afirmado que a estas artistas las dejan lucirse en ese escenario patriarcal porque agitan sus carnes y se venden ligeras de ropas para satisfacer al público. Pero hay que conocer el mapalé del Caribe colombiano, que nos llegó con la vitalidad de África, para entender que aquí no están los caprichos de unas artistas sino el fuego de una cultura.

Y entonces hay que mencionar a una tercera mujer, que es el rostro de un mundo: a Liz Dany Campo, la muchacha barranquillera de 18 años que le enseñó en mes y medio a Shakira muchos secretos de la salsa, el mapalé y la champeta, lo que saben las calles ardientes de Barranquilla.

Una cosa es el maltrato y el acoso, y otra muy distinta es entregarse voluntariamente al placer de la danza, dar una lección de energía y de ritmo, exhibir la juventud y el talento que estas artistas tienen de sobra. Porque no basta con ser mujeres y ser bellas para sostener un espectáculo como el que ellas han diseñado y ejecutado milímetro a milímetro, con notable dominio del escenario y alto rigor estético.

Y a medida que crece la polémica sobre esa muestra de talento y de sensual vitalidad latina, más me convenzo de que allí hubo mucho más que un show de mercado y algo muy distinto a una explotación comercial. Basta ver que ahora la crítica que se extiende en Estados Unidos es la del puritanismo que ve en estas danzas y en su alegre sensualidad un pecado al que no deben exponerse los jóvenes amantes del deporte.

Tristemente es verdad que estamos en la sociedad del espectáculo y que todo ha caído en manos de un desmesurado negocio planetario, pero si fuera esto lo que está aquí en discusión habría que condenar igual a los directores de Hollywood, dudar ante el triunfo de los grandes bestsellers, proscribir las series de televisión que hoy siguen millones de personas, repudiar los campeonatos de fútbol y denunciar la creciente banalización de la información convertida en mercancía, los canales que solo venden adrenalina, el basurero industrial.

En el contexto de este hipermercado del espectáculo tenemos que ser capaces de ver también los talentos y las virtudes. Estas mujeres latinas hechas a pulso que se abren camino en un mundo de corporaciones insensibles, el arduo y meritorio modo como los inmigrantes conquistan espacios en sociedades opulentas que cada vez quieren cerrarse más, la evidencia creciente de que los Estados Unidos —a pesar de Trump y de sus muros— no pueden vivir sin el talento latino, sin la creatividad, sin la energía, sin el sabor de esta cultura a la que tanto tiempo consideraron inferior y marginal. Es grato y reconfortante ver que aun en los lenguajes que los imperios creían más suyos, los inmigrantes se imponen.

Sí: a mí me alegra ver el cine mexicano triunfando en Hollywood, aunque piense que el mundo merece no estar tiranizado por Hollywood y que el gran cine del resto del planeta tiene que abrirse camino. Me alegra, lo confieso, ver que el llamado gang latino, de Bad Bunny, de J Balvin, de Luis Fonsi, de Karol G, de Daddy Yankee, de Ozuna, se convierte en la música más reproducida por los jóvenes del mundo entero. Se necesita talento para eso.

Claro que somos el mundo de García Márquez y de Rulfo, de Neruda y de Borges, de César Aira y de Juan Villoro, de Enrique Servín y de Yuri Herrera; que somos Botero y Claudio Bravo, Frida Kahlo y Débora Arango, Szyszlo y Tamayo; que somos Gustavo Dudamel y Alexis Mendoza, Danilo Cruz Vélez y Darío Sztajnszrajber, Ernesto Cardenal y el papa Francisco, pero para admirarlos y mostrarlos al mundo no es necesario menospreciar los múltiples triunfos de este continente turbulento, ese derroche enorme de talento que en medio de la mayor adversidad son nuestras calles.

Cuando, en 2017, Despacito parecía convertirse en la banda sonora del planeta, yo no solo vi allí el mercado que tanto hay que condenar, también vi una cultura en ascenso, que en un mundo que la discrimina se abre camino y se impone. “Estos muchachos están haciendo cosas que ya habrían querido Frank Sinatra y Elvis Presley”, me dije. Y cuando Mi gente, de J Balvin, destronó a Despacito, sentí que este mundo latino tiene una vitalidad ineluctable y lleva en sí mucha energía y mucho futuro para un planeta que parece vivir su agonía.

¿Quiero otras músicas? Claro que sí. Hay mucho más en nosotros, más talento verbal, más ritmos, más aventuras de la carne y del espíritu, más memoria, pero no me avergüenzo de estos logros y, como sé de dónde partimos, entiendo el valor de lo que vamos alcanzando.

Habría que agradecer a Shakira y a Jennifer Lopez, y sin duda a Liz Dany y a todo lo que ella hace visible, porque representan brillantemente una parte de lo que somos, pero también porque le están abriendo camino a todo lo demás.

Ser una de las culturas más ricas, más palpitantes, más embrujadas del mundo, es algo que debe conmovernos. Y es bueno que el amor por lo que somos se manifieste en creatividad, en artes y músicas, en danzas y sabores, no en agresividad y en prepotencia.

El poder de la cultura es incontenible. Y aunque hay quienes creen otra cosa, yo siempre he sentido que los Estados Unidos están destinados a formar parte de la América Latina.

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