Por: Ana María Cano Posada

Tres partidas

En julio murieron los tres de manera cruel y anticipada. Cada uno fue hechura de sí mismo, su voz sirvió para hacernos sentir más vivos.

En el obituario de un verdadero cantante hay gratitud porque aunque no los escogimos, ellos se hicieron cargo de decir lo callado. A diferencia de políticos que pretenden hablar por otros o de delincuentes que obran contra otros, estos cantores se sacan de adentro algo que sienten y lo exponen con su talento.

Cabral, Winehouse y Arroyo, en estricto orden de salida, caminaron lejos en su música pero estaban cerca en la esencia de lo que componían. Una vida cargada de emociones los llevó a que Facundo muriera asesinado por un fusil atravesado en Guatemala a sus 74 años; Amy agonizara solitaria en su casa en Londres a los 27 y Joe transitara por la crueldad de los cuidados demasiado intensivos en Barranquilla a sus 55. Cargados de poesía y de música se fueron, dejando a cientos de ávidos de su compañía. Porque el espectáculo debe seguir, en medio del luto por estos artistas, se disparan la venta de sus canciones como si la ausencia fuera una “promoción”.

El recorrido de cada vida tuvo atajos descritos en sus canciones. Facundo Cabral dijo “este es el tren de la muerte que cruza por la vida” y usó el vitalismo al mejor estilo de Walt Whitman para saludarse todos los días a él mismo, ese ser que lo acompañó siempre, aunque su mujer y su hija murieran en un avión equivocado y a él le hubieran pronosticado sólo unos meses más en pie, aún así, se obstinaba en celebrarse.

La mamá de Amy Winehouse se llama Janis, regular cantante de jazz. Pero era su propia voz bronca que servía para el soul, la que recordaba a Janis Joplin. A Winehouse vivir le produjo miedo y se hizo una armadura con su estilo: tocado en el pelo y una línea en los ojos que evocaba los años 50 como si fuera a la deriva en otro tiempo. De sus adicciones el periodismo dio cuenta y por eso el papá le dijo en el funeral: “Buenas noches ángel mío, que duermas bien”. Con la canción de Carole King So far away, el rito judío terminó e hicieron la promesa de una fundación para ayudar a otras personas porque en los centros de rehabilitación a los que acudió Amy debían esperar dos años para ingresar. Mientras canceló una gira por Europa por incapacidad física, ella acompañó a su ahijada, tres días antes de morir, en el lanzamiento de un disco en un teatro vecino a su casa. Amy bailó en esa tarima por última vez.

Joe Arroyo comenzó cantando de niño en un burdel; transcurrió con su voz entrenada contra la brisa del mar y con sus composiciones sacadas de la vida dura, con una sonoridad sólo suya, por una vida artística frenética. Ni un hipertiroidismo ni una tuberculosis ni sus problemas de adicción pudieron acabarlo tanto como una “sobredosis” de actuaciones en el último tiempo y la muerte de su hija Tania un mes antes de la suya, sin cumplir los 40, de un paro respiratorio. Los artistas de este continente se disputan ahora la compañía del ausente y hasta una telenovela “en tiempo real” se transmite sobre su vida y su muerte.

Cae el telón en este julio para estos tres talentos que dieron de ellos hasta la muerte. Muchos intereses caen sobre lo que hicieron, pero es su música la única que queda. No es poco. Es todo lo que tenían.

(Juan Guillermo Arredondo murió también en este julio de pésame. Él dejó su corazón en imágenes. En su memoria)

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