Por: Mauricio Botero Caicedo

Tres tristes tigres… ¿O serán sólo dos?

ALGUNOS, INCLUYENDO AL AUTOR de esta nota, pensamos que Brasil, Argentina y Venezuela, tres países cuyos presidentes tenían marcados sesgos populistas y de la vieja izquierda, iban a correr la misma suerte.

Es decir, convertirían a sus países en tres tristes tigres. Resulta que a la hora de la verdad es poco lo que tiene en común Lula con Chávez y con el matrimonio Kirchner. La madera del presidente del Brasil es de estadista y no de populista. Lula no ha dejado que sus raíces sindicalistas interfieran con su mandato en beneficio de todos los brasileños, y no exclusivamente en provecho de los sindicalistas. 

En el otro extremo, tanto Chávez como la pareja Kirchner han dado muestras de una ineptitud rayana en la sandez. Mientras que Lula ha logrado convertir a Brasil en una de las principales potencias agroindustriales del mundo, los Kirchner son responsables de que la Argentina, un granero en potencia de inmensas magnitudes, en lugar de ser la solución, se haya convertido en uno de los responsables de la actual crisis alimentaría.

En la última década, Brasil duplicó su producción de granos, pasando de 77 millones de toneladas en 1998 a 143 millones de toneladas en 2008, proyectando exportar 23 millones de toneladas de soya este año, 17% por encima de lo que exportó en 2007. Argentina, posiblemente con condiciones naturales más idóneas que su vecino, debería haber conseguido mejores resultados.

 Las torpes políticas económicas de los Kirchner, en vez de incentivar a sus agricultores a producir más y con mayores eficiencias, lo que engendraron son incentivos perversos que han reducido la producción de alimentos. Con una inflación que puede estar en el orden del 25% anual, Argentina se ha colocado nuevamente al borde del abismo y no albergo la menor duda que los Kirchner en breve darán un paso adelante.

El caso de Venezuela es aparentemente menos dramático, pero más inexplicable. Cuando Chávez asumió el poder en Venezuela, los ingresos petroleros eran de 7.000 millones de dólares. Hoy en día son 75.000 millones de verdes. Pero en vez de mejorar, los principales indicadores económicos han empeorado: la inflación está disparada (3% mensual) y la pobreza, lejos de haber disminuido, está en ascenso.

 La prestigiosa revista The Economist estima que el costo promedio de alimentar una familia, aun si llegaran a encontrar los alimentos, está un 60% por encima del salario mínimo. (The Economist, junio 19/08). Chávez se niega a modificar la raíz de sus problemas: el dirigismo combinado con un populismo primario que en esencia se basa en un modelo asistencial no sostenible (por más altos que sean los ingresos petroleros), modelo que favorece el consumo y desincentiva la producción.

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Con mucho más avidez que criterio, y emulando la poco razonada política de ciertas cadenas gringas como Wal-Mart, algunos supermercados colombianos han decidido limitar la venta de arroz. En el caso colombiano, estas grandes superficies argumentan que los topes que le han puesto a la cantidad de arroz que se pueden llevar los consumidores no son por razones de escasez, sino por estar relacionadas con promociones del producto, argumentando que es una práctica usual en el medio.

La realidad es que en medio de una percepción equivocada por parte del público de que el mundo está al borde de una hambruna, el adelantar este tipo de políticas de restricción de venta de alimentos es una solemne estupidez. En términos comerciales, es el equivalente a desatar un “pánico financiero”, conducta severamente castigada por la ley. Sin tener que acudir a nuevas normas, los supermercados deberían tener la suficiente sensatez para no echarle candela fijándose únicamente en su cuenta de resultados al injustificado pánico de los consumidores.

 

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