Por: Eduardo Barajas Sandoval

Triunfo claro, porvenir incierto

Quienes votaron por la oposición venezolana, y quienes hubieran querido votar para sacar a Hugo Chávez del poder, tendrán que esperar seis años para volverlo a intentar, salvo que por razones no políticas se precipiten los acontecimientos.

Lo único que queda claro, luego de las elecciones presidenciales, es que el aparato político del PSUV funciona de manera tan eficiente que puede ganar elecciones con la inercia de trece años de vigencia de un modelo que mantiene el motor prendido, aunque subsistan las incógnitas de siempre sobre su destino, porque aún no se conocen bien los detalles, ni del qué ni del cómo, del que ahora su inspirador llama no socialismo a secas sino Socialismo Democrático del Siglo XXI.

La oposición venezolana tenía listo seguramente un discurso de victoria pero no parece haber estado preparada para la derrota. Así lo demostró la alocución de su candidato cuando en tono menor mostró que no tenía mucho qué decir, aparte de la promesa de seguir trabajando y dar las gracias por el apoyo y el entusiasmo que, en todo caso, le permitieron acercarse a una proporción grande del electorado. Tal vez si hubiera anunciado que se dedicará a la oposición, o que eso es lo que debe hacer su aglomeración política luego de obtener un resultado tan apreciable, la imagen habría sido más esperanzadora para sus seguidores.

La angustia por conseguir el triunfo y la impresión de que el cansancio o el desencanto con el gobierno eran de proporciones mayores, llevó a casi la mitad del los electores venezolanos a soñar con una victoria que los medios de comunicación y la efervescencia de las últimas manifestaciones a favor de Henrique Capriles le hicieron equivocadamente presagiar. Pero los números no le alcanzaron, entre otras cosas porque su partido contrario no era una formación política comparable. Frente a la alianza de oposición, que no era más que una asociación reciente de distintas tendencias unidas por el ánimo de detener el avance de la llamada Revolución Bolivariana, esta última tenía a su servicio un aparato consolidado de campaña permanente, con ingredientes populistas innegables, que se ha desarrollado sin pausa a lo largo de más de una década.

Sin perjuicio de que las incógnitas sobre el futuro del proyecto político del Presidente reelegido se vayan despejando, lo único cierto por ahora, y la gran ganancia para los venezolanos, es el clima de competencia abierta y de sabor democrático y compromiso con el país que demostraron los electores durante la jornada y en particular a lo largo de la noche siguiente, contra los vaticinios de desorden que disuadieron a muchos inclusive de ir a ver en directo el desarrollo de los acontecimientos.

Por encima del triunfalismo o de la sensación de derrota, lo cierto es que el país seguirá dividido y las incógnitas de su destino continuarán todavía sin despejar, porque el discurso del ganador, fogoso y cargado de frases de alegría y aliento, tampoco dejó ver cambio alguno y mucho menos explicaciones sobre lo que piense hacer frente a problemas que siguen vigentes, sea porque no han encontrado solución o porque son producto de su propio manejo, como los que se derivan de la gerencia de la economía bajo parámetros aparentemente no ortodoxos, muy difíciles de hacer operar con éxito en el mundo de hoy.

El Chávez entusiasta y conciliador de la noche de su nueva victoria tiene, por designación del gobierno de Colombia, una misión que cumplir en el proceso de búsqueda de la paz que se intentará en las conversaciones de Oslo. Es allí, lo mismo que en el manejo de la situación en la frontera, donde se va a medir el alcance de su ánimo de convivencia y de respeto por la República Hermana en los momentos definitivos que se aproximan.

 

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