Por: Eduardo Barajas Sandoval

Triunfo de mal menor

Conminados por las circunstancias de una crisis, y en lugar de dejarse caer al abismo en medio de las indefiniciones, los pueblos se ven obligados a escoger una opción política, así sea la que represente el mal menor.

Después de tres años de confusión, los británicos aclararon por fin aquello que la clase política no fue capaz de definir. Por eso acudieron a las urnas a ejercer su poder y sacaron al país de esa salmuera de indefiniciones respecto de su vinculación a la Unión Europea y de la adopción del modelo económico que consideran viable y más adecuado para los tiempos que vienen.

El proceso político que se desató a raíz de la propuesta de salirse de la Europa comunitaria no podía ser más alrevesado. Tuvieron una primera ministra, Theresa May, que llegó al poder sin elecciones, ante la renuncia de David Cameron, derrotado en el referendo que se pronunció en favor de la salida. Originalmente ella había sido favorable a la permanencia, pero al llegar al gobierno se convirtió en campeona de todo lo contrario. Sólo que no pudo cumplir con su propósito de obtener el apoyo parlamentario para los acuerdos que logró negociar con el resto de los socios europeos, sin que, conforme a la lógica del sistema, el mismo Parlamento le quitara el apoyo y la echara del puesto. Hasta que se tuvo que ir por su cuenta.

No menos confuso e inédito fue lo que vino con la llegada de un nuevo Primer Ministro, Boris Johnson, que tampoco recibió su mandato de las urnas, sino del aparato de su partido, y que tuvo la osadía de cerrar el Parlamento, sin que en éste último fueran capaces de castigarlo por su golpe inédito a la institucionalidad, ni él pensara siquiera en renunciar. Todo contra la lógica de un sistema que, hasta ahora, había sido paradigma del modelo según el cual los gobernantes deben contar con un apoyo político explícito para permanecer en el poder y se tienen que ir cuando no es claro que lo tengan.

Allá en el fondo estuvo siempre presente el asunto del brexit, promovido por activistas antieuropeos, como Nigel Farage, miembro del Parlamento Europeo, que ni siquiera han podido llegar al Parlamento británico, mientras que sí al de su odiada Unión, y que anunció su retiro de la política, tan falso como el de ciertos toreros, tan pronto como se produjo el sorprendente resultado, obtenido con una campaña de dudosa veracidad.

La victoria, ahora sí de Johnson y de los conservadores, en las elecciones que, por fin, tuvieron lugar el 12 de diciembre, ha sido contundente. Los laboristas resultaron aplastados. Los primeros aumentaron sustancialmente las curules en el Parlamento, con 47 nuevas, hasta obtener mayoría absoluta, mientras que los segundos perdieron 59 escaños, en medio de una debacle inédita desde los años treinta del siglo pasado. También les fue mal a los liberales, cuya jefa ni siquiera salió elegida en su circunscripción. Y hasta el partido del brexit no salió con nada. Mientras que el Partido Nacionalista Escocés aumentó en 13 su número de curules y se creció en un momento en el cual su propuesta de referendo en busca de independencia es el más grande problema por resolver, muy por encima del asunto de permanecer o no en la Unión Europea.

Como suele suceder, el resultado de las elecciones británicas del jueves pasado tendrá repercusiones más allá del ámbito de la política interna. Quiérase o no, sus efectos se harán sentir al menos en cuanto a la configuración de nuevos bloques de mercados, por ejemplo, con los Estados Unidos y la Commonwealth. Y será referente respecto de asuntos como el de la avanzada de la derecha en diferentes escenarios europeos, y de países de mayor desarrollo en sentido tradicional, al tiempo que puede sumar en el retroceso de la izquierda que no quiera contemporizar con valores ajenos a sus postulados originales para irse hacia el centro. También, claro está, se convierte en un nuevo ejemplo de la importancia del papel de los ciudadanos, cuando deciden movilizarse políticamente a la hora de las grandes decisiones.

Mención aparte merece el catálogo de equivocaciones dentro del campo laborista, tanto de parte de su jefe, Jeremy Corbyn, como de los cuadros y la militancia del partido, que fueron a las urnas detrás de un líder al que no fueron capaces de remover a tiempo, a pesar de su falta de carisma, sus aparentes veleidades antisemitas, y la radicalización de su discurso, con la idea de volver a la época gloriosa de los laboristas, que recuperó la fidelidad de viejos militantes, y reclutó a unos cuántos jóvenes entusiastas, pero ahuyentó a los moderados. Con el agravante de haber ahuyentado también a esa población flotante, que no vota por disciplina partidista, sino por aquello que le dicta su intuición, en ejercicio de un reflejo muy británico de presencia de ánimo a la hora de las grandes decisiones. Alguien dijo que el jefe de los laboristas terminó por hacer campaña en favor de su oponente, al asustar a los indecisos, que vieron en el proyecto laborista de nacionalizaciones una propuesta anacrónica, en la lógica de esa visión del mundo contemporáneo a la que los introdujeron, dese uno y otro lado, Thatcher y Blair.

Lo dramático es que ahora, a pesar de haber dilucidado la confusa discusión respecto del brexit, y de haber decidido mayoritariamente el apoyo a un programa político liberal - conservador, a los británicos les quedan por afrontar no solamente los requerimientos de hacer viable la vida económica del Reino Unido bajo las nuevas circunstancias, sin permitir que se caiga el andamiaje que mantiene al país dentro del grupo de las grandes potencias, sino los retos internos a la unidad histórica e institucional del país.

Nicola Sturgeon, la flamante, y ahora victoriosa, ministra principal de Escocia y líder del Partido Nacional Escocés, no ha cesado de reclamar un nuevo referendo para que se decida si su país debe o no seguir formando parte del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Los resultados electorales son hoy contundentes en favor de su partido, que ganó 48 de las 59 curules en disputa en las circunscripciones correspondientes a la región. Sobre esa base, Sturgeon acaba de decir que su país “no puede quedar apresado dentro del Reino Unido contra su voluntad”. De manera que la tormenta que viene del norte será cada día más fuerte, debido al compromiso y la aspiración europeísta de los escoceses, que tienen claro que, de ser independientes, buscarían seguir perteneciendo a la Unión.

Minutos después de su triunfo, Boris Johnson, en conversación con la líder escocesa, le habría expresado su oposición rotunda a la celebración, ahora, de un nuevo referendo sobre la continuación de Escocia en el Reino Unido, después de que en 2014 el resultado de las urnas fue el de la permanencia. Pero ya se sabe que los escoceses, a juzgar por el éxito del 12 de diciembre, no bajarán el ritmo de su reclamo, y que en Irlanda del Norte se alimenta una idea similar. Problemas ambos estructurales, mayores y definitivos para el Reino Unido, que permiten pensar que, por ahora, el país apenas presenció el triunfo de un mal menor.

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