Trizas, pactos y paja

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Carlos Holmes Trujillo aún no nos ha explicado qué está pasando dentro de la Fuerza Pública, ni nos ha dicho nada sustancial sobre el escándalo de las chuzadas a opositores, periodistas y defensores de derechos. Descubrí, ojeando la prensa, que esa omisión no se debe a falta tiempo.

Porque el flamante mindefensa lo ha tenido, y más que suficiente, para usarlo en el pasatiempo favorito de los mandarines uribistas: manosear el Acuerdo de Paz. En este caso, para proponer un “pacto” que lo modifique. Lo que en buen romance significa –al menos basándome con lo que ha dicho hasta ahora-- recoger las trizas y echarlas a la basura. Para que queden bien enterradas, entre muebles y escombros, en el botadero de Doña Juana.

Lo ha hecho, eso sí, en la media lengua oblicua y engañosa (que no voy a dignificar llamando orwelliana) que suelen usar sus conmilitones para cuando dicen algo que creen que podría causar escándalo. Dice, pues, que es posible modificar el acuerdo “sin cambiar siquiera [su] texto”, pero más adelante se lamenta de que algunos quieran mantener un “texto pétreo”. A Trujillo no le han bastado los múltiples cambios introducidos a lo acordado, que no tiene nada de “pétreo” —es más bien de goma—, ni el desmonte en toda la línea de la implementación: necesita más.

A su manera, tiene razón. Pues para los uribistas hasta las trizas que le van quedando al país son demasiado. Recién comenzó su fiesta. Sus blancos habituales han sido a lo largo del gobierno de Duque la justicia transicional, la restitución de tierras, la participación política de la guerrilla desmovilizada, y la política civilizada y razonablemente incluyente de sustitución de cultivos ilícitos. Esto se puede documentar en detalle. ¿En qué consistirán las modificaciones adicionales que propone ahora Trujillo? No lo dice. Lo que es claro para mí es que los uribistas demandan impunidad para los suyos y el pleno alineamiento de las instituciones del Estado con diversos grupos y élites, algunos de los cuales protagonizaron múltiples horrores apenas ayer (miles de masacres, decenas de miles de despojos, millones de desplazamientos).

Se me dirá que las Farc también incurrieron en despropósitos sin cuento. Para mi eso no es contraargumento: lo tomo por dado. Por eso es que se hacen acuerdos de paz. Y precisamente por eso a menudo los acuerdos desatan las peores pasiones.

El uribismo claramente se sintió excluido de él. Y por eso lo atacó con una ferocidad fantástica. La afirmación de Trujillo acerca del comportamiento de su partido es una negación descarada de lo que efectivamente sucedió: ahí es donde uno entiende por qué estas personas necesitan de los acevedos del mundo. “Buscábamos —afirma— construir las condiciones para que ese acuerdo gozara del más amplio apoyo popular a efecto de garantizar no solo su viabilidad y estabilidad, sino para darle mejores condiciones a la implementación”. Mentira. O mejor: un cuento de hadas para hacer olvidar al país el tono de la campaña uribista contra esta paz conquistada al cabo de décadas de destrucción: un tono virulento, que a menudo cristalizó en la justificación del homicidio político. La evidencia sobre el particular es grande y pública. Por eso le creo más a su copartidario Londoño, quien resumió el programa uribista con respecto del acuerdo: hacerlo trizas.

Obviamente, todo esto lo plantea Trujillo para “reducir la polarización” —lo que ilustra bien hasta qué punto esa forma de representar nuestros problemas se apoya en falsas equivalencias—. Ahora bien: a estas alturas la idea de un pacto de estabilización no es en sí absurda. Pero si Trujillo habla en serio, para adultos, tiene que explicar dos cosas. Primero, qué es en concreto lo que propone. Segundo, qué piensa conceder a cambio (pacto significa “acuerdo, convenio”). ¿O es simplemente un pacto para hacer lo que los uribistas quieren? Menos paja y más claridad.

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