Trizas y corbatas

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¿No sienten que el país está desjaretado? El balance de los seis meses de Duque es desalentador. Y una de las razones —ni de lejos la única, pero sí una muy importante— es que tanto él como su equipo están emperrados en sacarnos de esa paz tan precaria y a la vez tan fructífera que vivimos durante un corto oasis y en empujarnos de nuevo al vórtice de la guerra, donde pueden pelechar: de muchas guerras, de hecho.

Sumen evidencias. Es el pésimo manejo que se le ha dado a la crisis del régimen de Maduro. Es el crescendo de asesinatos de líderes. Es el anuncio de Uribe de apoyar el rearme —pues de eso se trata—de los grandes ganaderos del Cesar. Son las iniciativas legislativas y diplomáticas para dejar sin piso no sólo los esfuerzos de paz de hoy —lo que podría tener alguna explicación en coyunturas específicas—, sino también los de mañana.

Pero es sobre todo y ante todo el esfuerzo descabellado, suicida, por destruir cualquier incentivo que pudieran tener los miembros desmovilizados de las antiguas Farc para mantenerse en el proceso. El sainete que protagonizó la ministra de Justicia con la carta que nunca llegó no tiene nombre. Sólo que después, con las agresiones gratuitas de la vicepresidenta a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y la campaña, en medio de tambores redoblantes, que lanzó el Centro Democrático contra ella —por ser el instrumento de la entrega del país a la subversión—, quedó claro que de por medio había no sólo dosis enormes de inverosímil incompetencia, sino también un anuncio: Santrich no puede salir.

Así que nos encontramos en la siguiente situación. Los gringos ya anunciaron que no tienen más de lo que ya entregaron: nada. El fiscal, que hizo trampa hasta la saciedad en este caso, se sumó a la campaña contra la JEP, pero no dijo una palabra sobre las pruebas que había anunciado, con bombos y platillos, que poseía. No las tiene, creo que es un embustero. Nadie tiene nada. Pero Santrich no puede salir, porque el señor Uribe, con todo y sus terratenientes en trance de armarse, parece creer que si este ciego ya setentón vuelve a la calle se acaba la libre empresa. Lo que manda una señal pública y contundente de inseguridad jurídica para todo el personal involucrado en el proceso de paz.

Casi igual de mala señal es nombrar a Darío Acevedo como director del Centro Nacional de Memoria Histórica. Es una manifestación de falta de integridad por parte de Acevedo —extraordinaria, pero tratándose del personaje no me sorprende— aceptar ser director de una agencia que se supone debe registrar la memoria de una guerra que él dice no existe, ni existió. ¿Piensa entonces quedarse sentado en su sillón mirando al techo? Lo admito: tendrá que ser una ocupación muy atractiva por lo descansada; lo que en la terminología de la década de los 60, cuando este nuevo ciclo de guerra ya despuntaba, se llamaba una “corbata”.

En el mundo adulto, si uno opta por cierta trayectoria vital, sabe que se cierra ciertos caminos. El señor Acevedo parece no haberlo entendido y creer que a pesar de su desapacible y errática militancia política puede encabezar una institución que se convirtió en un vínculo clave entre el Estado y las víctimas. Reitero la pregunta que hice en una columna anterior, sobre una persona que de hecho me parece mucho más respetable y de lejos mejor (o menos mal) académico: ¿qué tan seguros están los testimonios, datos personales, recuentos, nombres, que dieron confidencialmente víctimas (¡y victimarios!) al CNMH en manos del señor Acevedo?

Quiero trasladarles esa pregunta a las asociaciones de víctimas, a la sociedad y a la comunidad internacional. Pues si permiten que cosas como estas sucedan: ¿no es verdad que ya hicieron trizas la paz?

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