Por: Alfredo Molano Bravo

Tropezón del fuero

Se cayó la modificación del fuero militar que autorizaba el blanco legítimo, una manera de legalizar el asesinato oficial.

 Se cayó por ahora y me alegro del costalazo, aunque, como es evidente, durará poco mi alegría. Se cayó por vicios de trámite y es insubsanable, aclaró la Corte Constitucional. Se oirá tronar al olimpo uribista, que de alguna manera ya se pronunció por boca del ministro de Defensa —que es una especie de canciller del Centro Democrático en el Gobierno—: “Se desmoralizará nuestra fuerza”, dijo. ¿Acaso —pregunto— las causas justas necesitan un escudo protector para resguardarse de la ley? ¿No es eso lo que defienden? Hay que imaginarse ya el discurso que Uribe soltará en su aquelarre contra la Corte Constitucional y contra la paz. A más de tener a los principales exgenerales en la tarima, y de haber acaudillado la doctrina de la autodefensa, disparará contra el Gobierno un tiro de cañón: así no habrá paz. Traducción: los militares no dejarán hacerla mientras no se garantice igualdad de trato con respecto a la guerrilla, aunque es dable pensar que, caído el estatuto, quedan de hecho en igualdad de circunstancias. Y a ese axioma, que fue el que el Gobierno usó para meter la reforma al fuero, se sumarán otros: mejoramiento del presupuesto y de las condiciones para los 1.000 militares detenidos en el Tolemaida Resort. El Gobierno se había pronunciado por anticipado al negar con todas sus fuerzas en el Congreso el proyecto de ley que permitía la degradación a los militares que hubieran sido condenados. ¿Cómo quitarle las condecoraciones y las prerrogativas económicas al oficial que en Arauca mató tres niños y violó dos? ¿O al agente de Policía que asesinó al grafitero? ¡Ni de riesgos! Lo ganado, ganado, así haya sido ganado fuera de la ley.

Todas las falacias y los fariseísmos que han soltado a favor del fuero no tienen un significado distinto al de evidenciar un hecho simple: el poder Ejecutivo no tiene mando, como se consigna en la Constitución, sobre el poder armado. La tesis de que el presidente es el jefe supremo de las FF.AA. es una ficción jurídica. Santos tendrá que prometerles lo que pidan para poder hablar con la guerrilla y tendrá que darles cielo y tierra para poder firmar el acuerdo, si es que lo dejan llegar allá. Y no es que lo vayan a tumbar. No lo necesitan: un ruidito basta. Recuérdese la que le hicieron a Belisario “defendiendo la democracia”. Santos ha aceptado el juego. Es un político pragmático. Dirá con más estilo, claro está, lo que Maduro dice a sus generales: pidan... pero déjenme el andamio quieto. En la convención uribista se podrá calibrar qué piden por el arreglo. Porque esas fuerzas y las otras son íntimas del alma y del bolsillo. Podremos saber cuánto vale en términos de paz el desafuero que la Corte cometió.

La Corte no podía dejar pasar, así fuera por diez minutos, la burla de los que hacen las leyes al reglamento del Congreso, es decir, su propia ley. El pato lo pagarán en La Habana. No tanto las Farc como el equipo negociador, al que ya también —Garzón y Cristo— le están apretando la clavija. Embarazoso sobre todo para Humberto de la Calle, que está bien aburrido y de ñapa tendrá que enmendar la plana. Al fin, es el precio que hay que pagar por respetar la ley. Roy Barreras —en aquel momento transitando del uribismo al santismo— siempre anda de afán como cirujano pobre, no miró el reloj y, tampoco, según parece, el reglamento. El fuero se le cayó como a Villegas Moreno, mentor de Uribe, el edificio Space de Medellín. El uribismo está acostumbrado a pasarse por la faja toda ley, incluida la de la gravedad. No siempre le salen bien los tiros.

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