Trump, el sepulturero

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Los tiempos que viven los Estados Unidos son borrascosos, con el inconfundible aroma de fin de fiesta, de un siglo XX cargado del “sueño americano” que permeó la vida y mentes de millones, especialmente de las clases medias emergentes en el mundo. Trump vio la crisis, pero la redujo a un debilitamiento del poderío de EE. UU. y pensó que bastaba hablar fuerte, irrespetar y amenazar a quienes presentaba como abusadores de unos estadounidenses inocentes victimizados por “extranjeros malos”. En el poder actúa como lo que es, un blanco racista con talante de macho alfa que busca imponerse, nunca negociar.

Enfrenta a una China con su cultura milenaria y un poder que crece vertiginosamente a la par que decrece el estadounidense; el discurso de Trump los presenta como procesos interrelacionados. Es una China posrrevolucionaria que desarrolló en unas décadas un eficacísimo sistema económico, un capitalismo de Estado que combina lógica de mercado y acción estatal, sustentado en un poder del Estado y del partido único que disciplina lo individual subordinándolo a lo colectivo. Asistimos al inicio de un cambio de hegemonía, más radical que el sucedido en la posguerra de 1918, pues entonces fue la sustitución del Reino Unido por los Estados Unidos, dos estados occidentales con economías liberales de mercado. Lo de ahora es el traspaso del bastón de mando hegemónico de Occidente a Oriente, de una democracia liberal al autoritarismo oriental. La pandemia desnudó la fortaleza del entrante y la crisis estructural del saliente.

La decadencia estadounidense se inicia a mediados de los 70 con una economía desbordada por la inflación, el desempleo y el estancamiento, que le cedió el puesto a una de libre mercado, con un Estado reducido a su mínima expresión y unos mercados todopoderosos, dándole la espalda a la producción industrial, transformada en un casino de actividades especulativas, administrado por el capital financiero; el llamado neoliberalismo, que mostró sus costuras en la crisis financiera de Wall Street en 2008. En ese momento, fue parapetada la economía gravemente herida.

Mientras tanto, se removían las entrañas de la sociedad estadounidense, montada en una injusticia histórica, la esclavitud. Es el pecado original de esa nación, dividiéndola y polarizándola a lo largo de su historia, generador tanto del racismo macho y blanco, del cual Trump es claro exponente, como de una población negra que aunque originó una clase media significativa, su mayoría sigue pobre y perseguida en medio de la opulencia que la rodea.

Luego de avances en los 60 y 70, con la crisis estadounidense volvieron a ser discriminados, incriminados –la población carcelaria es básicamente negra y latina–, despreciados y perseguidos por la policía. El triunfo electoral de Obama poco transformó la condición de esa población, pero sí exacerbó el racismo machista que vio en ello una amenaza a su hegemonía, que no estaba dispuesta a tolerar; el odio racial se disparó, alimentado y capitalizado políticamente por Trump. Ahí están las protestas en las calles para atestiguarlo. (Mientras tanto, Pekín se prepara para “poner orden” en Hong Kong). El desorden, la improvisación, el deterioro acelerado de sus problemas, que no son coyunturales, la rabia de su población negra y de mucho gringo crítico con la situación a que ha llegado el país configuran el cuadro de la crisis y de la decadencia en curso.

Mucho de lo que ha destapado el coronavirus y que debe cambiarse en el mundo tuvo su origen en la influencia estadounidense –en el poder y en la economía, en las costumbres, perspectivas y sueños de las personas–, en la ahora cuestionada american way of life, de la cual Trump es el máximo exponente. ¿Estaremos presenciando el fracaso de su propuesta electoral que lo llevó a la Presidencia, Make America great again?

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