Por: Eduardo Barajas Sandoval

Trump-madurismo transalpino

Desde las turbulencias propias de la Segunda Guerra Mundial no habían soplado entre Francia e Italia vientos de discordia. Ahora, a la manera de Trump, Maduro, o cualquier otro protagonista del espectáculo grotesco de negación sistemática de las buenas maneras que deberían caracterizar una vida internacional decente, los dos copilotos del gobierno italiano han dado en maltratar abiertamente al presidente francés. Los motivos del maltrato no han sido de naturaleza internacional. Se trata de una intromisión indebida en los asuntos de otro, mediante el apoyo a un movimiento interno que, por la vía de la violencia, subvierte el orden en contra del gobierno democrático del país vecino.

Separadas, y unidas, por los Alpes, Francia e Italia tienen una frontera común de quinientos kilómetros, desde el Monte Blanco hasta la costa mediterránea. De lado y lado, según las diferentes versiones de la realidad regional, han pasado muchas cosas. Sin perjuicio de tratados, y guerras, existen allí denominadores comunes que acercan a los dos países de manera inevitable. Muestra de ello son la latinidad, con su consecuente cercanía de lenguas, nacionales o regionales, los sistemas políticos, la religión, y hasta las variaciones del clima.

En rompimiento de la armonía de las últimas décadas, los dos vicepresidentes del gobierno italiano han irrumpido en el escenario francés para descalificar al presidente Macron y expresar su apoyo explícito al movimiento de los “Chalecos amarillos”, que por la vía de la violencia se opone a ciertas políticas del mandatario francés.

Luigi Di Maio, que en Italia representa en el gobierno de coalición al movimiento populista “Cinco Estrellas”, encarnación de aspiraciones amorfas que toma elementos de una y otra tendencia del espectro político, y que se opone al Euro y a la Unión Europea, se reunió en un suburbio de París con Christophe Chalençon y otros líderes de los Chalecos Amarillos. En el encuentro les expresó su apoyo en la lucha contra el gobierno francés, sin reparar en el recurso a la violencia que lleva ya muchas semanas de reedición en la capital y otras ciudades de Francia.

Con esa elevada autoestima propia de caciques regionales venidos a más, Di Maio afirmó que “el viento de cambio ha cruzado los Alpes”, como si sus amigos de la protesta francesa fuesen los continuadores de su movimiento italiano, que desde 2009 proclama “el ejercicio del poder ciudadano, en la defensa del ambiente, los derechos sociales y la democracia directa”. Sobre las bases anteriores, afirmó que con los Chalecos Amarillos está naciendo una nueva Europa.

Matteo Salvini, el otro vice primer ministro italiano, quien forma parte del gobierno en nombre de la Liga Norte, también de condiciones políticas indeterminadas, y con similar énfasis populista, ha participado también en la andanada en contra del presidente francés. Al mejor estilo de ese comportamiento desobligante, e indebido en el ambiente de las relaciones entre auténticas democracias, llamó a los franceses a “liberarse de un presidente terrible”, además de acusar a Francia de empobrecer al Africa y propiciar la crisis migratoria que tanto preocupa hoy a Europa, y contra la cual, desde su nacionalismo, los gobernantes italianos han construido buena parte de su discurso político.

Si bien el presidente Macron trató de restarle importancia en su momento a las primeras actuaciones en su contra, que calificó de insignificantes, la escalada no se detuvo. Por el contrario, se extendió a otros campos, como el de la cooperación cultural, en el que los italianos consideraron que Francia trataba de apropiarse de la figura de Leonardo da Vinci en virtud de un pacto celebrado entre los dos países para conmemorar los primeros cinco siglos de la muerte del gran maestro italiano mediante una exposición en París.

Ante el reclamo francés en el sentido de que, conforme a la más elemental diplomacia, Di Maio ha debido informar de su presencia en París, éste último no se quiso excusar, con el argumento de que en la Europa comunitaria existe libertad de movimiento dentro del territorio continental, y agregó con descaro que la reunión tuvo por objeto asesorar sobre la manera de comenzar un movimiento ciudadano. Miembros del gobierno italiano ofrecieron a los “Chalecos Amarillos” el portal del Movimiento Cinco Estrellas para tramitar sus proyectos de difusión. También amenazaron con cancelar la construcción de una línea de ferrocarril de alta velocidad que uniría los dos países.

Salvini, en gesto que hizo recordar las ofertas de diálogo de políticos radicales que cínicamente ofrecen conversaciones para dar impresiones equívocas de buena voluntad, invitó a su contraparte francesa a dialogar en Roma, gesto sin mayor sentido que tan solo condujo a que Francia elevara a su vez el tono y no solamente exigiera seriedad en el trámite de las relaciones entre países amigos, miembros de la Unión Europea, sino que denunció enérgicamente la intromisión en sus asuntos internos y puso de presente el avance populista como una especie de lepra que afecta la unidad continental. Además, llamó a consultas a su embajador en Roma, en gesto inédito en el trámite ordinario de las relaciones entre países miembros de la Unión Europea.

Ahí tenemos, en pleno Siglo XXI, la inverosímil situación de un país cuyos procesos democráticos se ven afectados por gobierno extranjero, que no se detiene en miramientos diplomáticos para invitar al derrocamiento de un presidente que ostenta todas las credenciales de un Estado de derecho paradigmático.

Las actuaciones de los dos subjefes del gobierno italiano resultan inexcusables. El problema no es de falta de experiencia en el arte de gobernar. Parece más bien que no han podido, y seguramente no podrán, abandonar lo único que han sabido hacer hasta ahora en política, que es tratar de desacomodar a quien no coincida con las expectativas de su popurrí de corte populista. Así es como se suman a ese ambiente enrarecido en medio del cual se rompe la confianza de aliados y tramitan las diferencias naturales de la vida internacional con el recurso a la descalificación personal de otros gobernantes. Todo lo cual genera discursos distorsionados sobre países enteros y echa por tierra acuerdos y consensos de convivencia que demoraron mucho en ser conseguidos.

Con el ataque italiano en contra de Francia, la unidad de Europa, y la armonía necesaria para que sus instituciones funcionen, pierden fuerza. Las dificultades en la reconstrucción de lo que se ha dañado en los últimos meses serán muestra de las proporciones de un eventual descalabro del espíritu comunitario. El resultado de las elecciones al Parlamento de Estrasburgo será la medida del progreso o la conjuración de este peligro.

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