Trump, redes sociales y libertad de expresión

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Luego de la toma del Capitolio estadounidense por parte de un grupo de supremacistas blancos —entre otros engendros— convencidos de que el verdadero ganador de las elecciones era Trump, Facebook y Twitter suspendieron la cuenta del presidente por incitar a la violencia y promover una insurrección armada en contra de la democracia. Rápidamente, Reddit, Spotify, Snapchat, Instagram, YouTube, Pinterest y TikTok cerraron también sus cuentas, una medida necesaria pero oportunista: era más fácil cerrarle el megáfono a Trump ahora que es claro que perdió la reelección y está a punto de entrar en desgracia. Si las redes sociales se hubiesen tomado en serio la necesidad de regular los contenidos antes, quizás se habrían ahorrado el bochorno del 6 de enero. No lo hicieron por dos razones: la primera, son empresas privadas y esto les servía para decir que no están obligadas a regular el discurso público; la segunda, las conspiraciones de ultraderecha dan mucho tráfico y esto les genera lucro.

Ante el cierre de las cuentas de Trump, ha salido a relucir un argumento anticuado en defensa de la libertad de expresión: que es mejor no censurar a nadie para evitar el riesgo de censurar a alguien que no lo merezca, y que si no nos gusta una idea, en vez de silenciarla, hay que comentarla y debatirla. Pero esto no aplica para todas las ideas. En este caso hablamos de discursos de incitación al odio y a la violencia que la semana pasada probaron, una vez más, que no son inofensivos y menos si son expresados por una persona con tanto poder. Hace años se creía que internet sería un territorio neutral e igualador para la libertad de expresión, pero hoy es más que evidente que las desigualdades offline se hacen más grandes online. Como mínimo, para amplificar tu voz en internet necesitas tiempo y motivación, y los grupos conservadores que cuentan con privilegios económicos están mejor preparados para hacerlo. Como lo explica la socióloga Jen Schradie, los conservadores tienen estructuras de poder jerárquicas que hacen más eficiente distribuir sus mensajes; se benefician de una suerte de manía persecutoria, pues se ven a sí mismos como una reacción frente al mainstream, como “los que sí son capaces de decir la verdad frente a la corrección política”, y su contenido no tiene matices ni autocuestionamientos, por eso se divulga con más rapidez en las redes sociales.

Los supremacistas blancos, los antivacunas, las personas transfóbicas —por poner algunos ejemplos— se han escudado en la defensa de la libertad de expresión para radicalizar comunidades y dejarlos hablar a sus anchas no ha generado un debate más vibrante, solo ha normalizado sus ideas. Además, algunas sencillamente no son debatibles: sería absurdo sentarse a discutir con un grupo de nazis sobre si es deseable o no exterminar a la comunidad judía. Años de censurar el discurso antisemita no acabó con el antisemitismo, pero sí logró un consenso cultural de que el antisemitismo está mal y elevó los costos de defender estas ideas en público, previniendo su expansión desmesurada. Quitarle las redes sociales a Trump no lo silencia del todo, pero sí manda un mensaje y obliga a estos discursos a orillarse en plataformas reconocidas por su poca regulación, como Parler, y esto los contextualiza: así uno sabe en qué hueco se está metiendo.

Las redes sociales tienen muchísimo poder, precisamente por eso deben usarlo responsablemente y urge diseñar políticas públicas locales y globales para garantizar la transparencia de estas decisiones. El cierre de cuentas de Trump no llegó como un capricho de un CEO, es resultado de una conversación cultural e histórica más amplia: ¿qué discursos son peligrosos? ¿Quiénes deben ser excluidos de estas plataformas y por qué? Porque defender la libre expresión de un discurso de odio y violento tendrá como efecto silenciar a los grupos más vulnerables a quienes ataca ese discurso. La libertad de expresión no es solo un derecho individual, tiene una función social y por eso siempre ha tenido límites. La perspectiva absolutista solo facilita la normalización de discursos de odio y las fuerzas reaccionarias emergentes a nivel global cuentan con ello.

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