Trump seguirá… como Uribe, Fujimori, Kirchner, Evo y hasta Chávez y Perón

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Contra el populismo no se ha inventado una cura. Por eso se puede detener temporalmente, pero no extinguir definitivamente. Solo cuando se detecta y ataca muy tempranamente se reducen sustancialmente las posibilidades de que resurja. Cuando avanza, tiende a hacer metástasis.

Las denigradas instituciones le ganaron la batalla a Donald Trump, por ahora. Este saldrá del poder en enero, pero solo después de alimentar el gigantesco tumor de un supuesto fraude que le niega la legitimidad al gobierno Biden frente a una porción muy grande de la población.

Los síntomas del populismo se producen cuando ya está muy avanzado. Al principio parece risible, porque es un solo hombre contra los grandes poderes políticos y/o económicos. Lo que no se sabe es que el populista ha identificado una herida de la sociedad mucho más profunda y dolorosa que lo que cree el establecimiento. Un problema que es mucho más grave que lo que los poderes establecidos quieren reconocer, porque generalmente es creado por ellos. Casi siempre es producto de la desigualdad, que hace que algunos problemas afecten desproporcionadamente a un sector social amplio. El populista lo identifica, lo rotula como corrupción, lo atribuye a las élites, presenta como solución reemplazar a esas élites y como instrumento para hacerlo, a sí mismo. Con esa fórmula logra algo muy profundo: despojar de legitimidad a sus adversarios políticos, nada menos, que supuestamente son las “élites corruptas”, y por esa vía divide a la sociedad entre espurios y el pueblo al que solo él encarna.

El populista reengancha políticamente sectores sociales que se han marginado de la democracia y aparentemente la revitaliza. Les da cauce a causas sociales urgentes y aparentemente les permite a las instituciones solucionar la herida social. Pero no es así. Porque ha activado ciudadanos desencantados a base de rabia, miedo, división y de promesas exuberantes que generan daños colaterales, lo que dificulta que la sociedad, enrabiada, llegue a consensos para aplicar soluciones reales. Y porque al deslegitimar a sus adversarios ha deslegitimado la democracia, que se basa en la pluralidad. Al deslegitimarla ha abierto el camino para abusarla. Una vez conseguido eso, comienza a atacar o a cooptar las instituciones que le ponen límites. Aparece la vocación autoritaria de todo populista, el gobierno de las personas y no de las leyes, el Estado de opinión sobre el Estado de derecho, que busca permitirle permanecer en el poder.

Sociedades con anticuerpos institucionales más fuertes, como Colombia o Estados Unidos, logran sacarlos del poder, pero con eso no logran curarse. La enfermedad continúa buscando regresar al poder y desde la oposición sigue deslegitimando ferozmente las instituciones y al oponente, como hicieron Fujimori, Uribe, Kirchner y Evo.

Con la carta del fraude, Trump tiene la munición populista para dominar la política desde la oposición, como hizo Álvaro Uribe contra el gobierno Santos. Si continúa imponiendo la agenda mediática a base de fake news, tendrá al gobierno Biden contra la pared y al Partido Republicano a su merced. Y la política estadounidense quedará reducida a la búsqueda desaforada por retornar al poder de una persona.

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