Trump y Bolsonaro, un destino común

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Ni Trump ni Bolsonaro cayeron del cielo o fueron impuestos por alguna mano invisible. No. Ambos son el producto de realidades y procesos incubados en sus respectivas sociedades, que cristalizaron en unas elecciones que los llevaron al poder. La gente y no el destino los eligió. Ello obliga a no quedarse en la sola consideración de sus personas, por perversas, truculentas y destructivas que se les pueda considerar. Lo definitivo es entender por qué se produjeron esos dos hechos políticos; qué circunstancias se dieron para desembocar en unos resultados que dejan perplejos, desorientados y furiosos o preocupados a más de uno.

Ambos representan una posición de ruptura con realidades preexistentes en sus países y que sectores ciudadanos significativos rechazaban y querían cambiar. El debate en Estados Unidos y Brasil se dio en una atmósfera política, ideológica y aún cultural/racial polarizada; no buscaron plantear alternativas sino radicalizar las diferencias, con miras de no solo derrotar sino destruir al adversario, presentado como el enemigo.

Trump desde la elección de Obama siempre lo atacó por su condición de negro – recurriendo incluso a cuestionar su lugar de nacimiento en África y no Estados Unidos -, actuaba desde entonces como lo que es, un claro representante del discurso y la práctica de la supremacía blanca, siempre presente en una sociedad que tiene vivo su pecado original, la esclavitud y el rechazo a los negros. Y esa sociedad había elegido como presidente a un negro. El terreno estaba abonado para un candidato como Trump; este se sintonizó, aprovechó y ganó. Su “América grande de nuevo” alude a la América de los años 50, anterior a las luchas por los derechos civiles de los 60; un país racialmente segregado; la tierra del hombre blanco.

La propuesta de Trump derrotó a la de Hilary Clinton que se la jugaba por el modelo del capital financiero de Wall Street, que Obama había rescatado de la crisis de 2008, crisis en buena medida resultado de la desregulación del sistema financiero por el gobierno de su marido, Bill Clinton. La de Trump por el contrario era la América del capital industrial clásico, el de las siderúrgicas y la minería del carbón, de los bienes de consumo durables para alimentar el sueño americano de los felices años 50 y 60.

El sueño de Trump, por donde se le mire, es el de una América blanca, próspera, líder del mundo; un sueño compartido con mucho norteamericano pobre y de clase media que hoy se siente marginado; pero es también el de sus amigos, capitanes de esas industrias que hacen agua en el mundo actual y que él busca revivir.

Bolsonaro por su parte capitaliza el desgaste de Lula y su Partido de los Trabajadores, popular y respaldado después de haber arrinconado la pobreza con grandes presupuestos alimentados -como en casi todo el continente- con los dólares del boom de las materias primas y de los combustibles. Pero ese dinero se le volvió su maldición al desatar en el país una fuerte epidemia del virus de la corrupción que infectó al gobierno y al partido gobernante, en momentos en que el boom perdía fuerza en medio de una destorcida económica severa.

Esa mezcla de corrupción creciente y denunciada y de deterioro económico en medio de las quejas crecientes de sectores populares y de una dinámica clase media insatisfecha, le reventó a su sucesora Dilma Rousseff, mientras los hechos y denuncias de corrupción crecían. La oposición que había estado replegada, saltó a la palestra para darle voz a esa inconformidad, teñida de desilusión que envolvió a la opinión. Aparece entonces un exmilitar y oscuro congresista con un discurso de ley y orden contra la corrupción y el desorden gubernamental, llamado Jair Bolsonaro. Con su elección mucho brasileño le pasó cuenta de cobro a un PT desgastado y cada vez más cuestionado y a un Lula marchito y acorralado. Con todo y la debacle de su gobierno –acentuada con su manejo de la crisis del COVID 19-, Bolsonaro aún conserva apoyo ciudadano.

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