Trump y su tribu

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Después de oír el debate presidencial en los Estados Unidos pienso que el rasgo característico de la derecha republicana de Trump no es su política económica, sino su inmoralidad; o más precisamente, su inmoralidad con los otros, con los que no son de su partido. Durante la hora y media que duró el debate del martes pasado Trump se comportó como un patán frente a Biden: lo interrumpió todo el tiempo, se burló de él, agredió de manera inclemente a sus hijos y se valió de toda suerte de mentiras para atacarlo. Biden, por su lado, hizo lo posible por defenderse, e incluso lo trató de payaso, de ser el peor presidente en toda la historia de los Estados Unidos y cuando el asedio llegó a su clímax, le dijo, “¿por qué no te callas?”.

Pero también creo que ningún republicano tiene la convicción de ser una persona inmoral, ni siquiera de estar apoyando a un presidente inmoral y que incluso el mismo Trump, con todo y su procacidad, se ve a sí mismo como una persona honesta. Sé que es difícil de creerlo, pero así es y los que quieren derrotarlo deberían empezar por aceptar ese hecho: Trump es un patán que miente, obstruye y engaña, pero nada de eso le impide creerse una buena persona. ¿Cómo explicar esa contradicción?

La respuesta, creo yo, está en el cerebro humano. El apego a un grupo social (tribalismo) fue fundamental en la evolución del homo sapiens y buena parte de nuestros sentimientos morales vienen de ahí, del grupo. Ni las guerras, ni las religiones, ni la política podrían explicarse sin la emoción tribal. La evolución nos preparó para ser colaboradores, incluso altruistas, pero siempre en relación con los nuestros. En cambio con los otros, los extraños, los extranjeros, el compromiso ético es débil o inexistente. Por eso en las guerras, sobre todo en las guerras civiles, se cometen tantas atrocidades. En Colombia sabemos mucho de eso: nuestros combatientes, como dice María Victoria Uribe, “matan, rematan y contramatan”.

En los últimos siglos, no obstante, hemos logrado (ya no hablo de Colombia) algo de progreso moral y eso debido a que los grupos (el nosotros) se ha ampliado, pasando del clan al pueblo, a la comarca, a la región, al país y a la confederación de países, con lo cual las guerras han disminuido y el mundo se ha vuelto más pacífico.

Pero la pulsión tribal sigue latente y ahora se ha trasladado a los partidos populistas, sobre todo de derecha, que ven a sus contradictores como enemigos que hay que eliminar. En la extrema izquierda también se encuentra esta actitud, pero tal vez con menos fuerza, debido a su mayor sensibilidad con el sufrimiento humano. Sea lo que fuere, el hecho es que los tribalistas de ambos extremos del espectro político ven a los otros no como ciudadanos del mismo país, sino como anti-patriotas; como enemigos que se infiltraron en el tejido social y frente a los cuales todo, o casi todo, se justifica. En eso se han convertido los demócratas para los republicanos de Trump. Por eso las mentiras, las patrañas, los engaños y la indecencia de su líder son vistas como nimiedades; deslices sin importancia ética.

No es que Trump mienta y matonee porque carece de ética; es que hace eso porque su ética es tribalista, restringida, válida solo entre los de su grupo. “Para muchos conservadores”, dice Joshua Green en Moral Tribes, “el círculo del «nosotros» es demasiado estrecho”. Debatir con una persona así no solo es irritante, es imposible.

Cualquier parecido con la realidad que vivimos en Colombia no es una coincidencia.

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