Por: Ignacio Zuleta

Tu agüita medicada, tu agüita envenenada

¡Y dale con el glifosato! ¿Cuántas más luchas populares, argumentos científicos, sentencias de las cortes y evidencias atroces de los efectos de los tóxicos se necesitan para convencer a un gobierno de los errores que el planeta nos cobrará caro y con creces?

Ya sabemos, y suena a redundancia, que detrás de productos como el RoundUp o el glifosato chino y similares hay poderes económicos supraestatales que vapulean y presionan a sus anchas al Estado, a los Estados. Este leviatán se cuela con sus tentáculos de codicia y podredumbre en todos los estamentos, en los medios, en los tratados de libre comercio y en la publicidad, a la fuerza engañosa.

Los representantes en apariencia democráticos del pueblo en realidad son marionetas manipuladas por los hábiles y escurridizos hilos del dinero de las multinacionales dueñas del planeta. Por poner un ejemplo grotesco y evidente, ¿qué hace Francisco Santos, como muñeco de ventrílocuo al que se le nota la artimaña, hablando de la necesidad del glifosato desde su puesto de embajador ante el gobierno de otro fantoche con un poder derivado de Monsanto y compañía? Lo obvio: cumplir con las agendas de los interesados en el flujo del capital omnipotente de Big Pharma aquí y allá. Ya tienen a ese pueblo idiotizado con opiáceos y ahora quieren que aquí la tierra quede inservible largo tiempo; las aguas, envenenadas; las especies acuáticas, extintas o mutadas, mientras la humanidad que vive de estas tierras y estas aguas ponzoñosas se enferma en el campo y se enferma en las ciudades.

No va en esta columna reseña alguna que remita a los daños que los agrotóxicos nos hacen. El que no haya leído, oído y reflexionado sobre el tema, que se ponga al día y salga de su cueva, porque es un deber básico de quien haya sobrevivido hasta este momento difícil del planeta estar alerta para defender, por lo menos, el agua que se bebe y el agua que se roban los ministros.

Pasará de nuevo que las aspersiones en las que está empecinado este Gobierno llegarán sin control a las fuentes, arroyos, ríos y mares; en lugar de organizar debidamente y de una vez por todas la sustitución de cultivos como fundamento para la paz y el bienestar, o, mejor aún, legalizar la planta de la coca, tan generosa en propiedades medicinales y nutritivas.

Pero no. ¡Glifosato! Como si no estuviéramos ya inundados de porquerías que emponzoñan el líquido sagrado, como nos cuenta el artículo de este diario del 20 de junio: “Los ríos de Colombia también están llenos de acetaminofén” y de otras drogas, “… los antibióticos eran los más frecuentes... Los microorganimos presentes en el agua podían desarrollar resistencia desencadenando futuras epidemias. Eso sin contar los efectos de otros fármacos sobre la vida acuática”, por ejemplo, hipertensivos y antidepresivos. Sumémosle el mercurio (somos, dicen los investigadores más cautelosos, el tercer país más contaminado del planeta) y añadámosle al coctel el glifosato…

Mientras el agua no sea la prioridad, frontal, con presupuesto, con educación integral, con políticas públicas y con multitudinarios movimientos ciudadanos y protestas sociales —ahora de encime reguladas al arbitrio represivo—, todo lo demás que haga un gobierno o es secundario o es una pantomima peligrosa, un gesto de hipnotismo y fantasía.

 

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