Por: Fernando Araújo Vélez

Tu feliz bipolaridad

Conversemos sobre los contrastes y desnudemos acá, sobre este papel, tus blancos y negros y mis grises, tus oscuridades y mis pocas claridades, tus brillos y mi opacidad.

Conversemos sobre esa felicidad de la que a veces me hablas, que es sólo tu felicidad, y que como dices, sólo puede ser si la contrastas con la amargura, como la amargura sólo puede ser si la contrastas con la felicidad. Desnudemos sobre este papel, si podemos, tus plenitudes y mis carencias, y tratemos de dejar constancia de que cada uno de nosotros es complemento de sí mismo, sin necesidad del otro. Tú y tu amargura, tú y tu felicidad, tú y tu pasión, tú y tu indiferencia. Tú la nada y el todo, y en el medio, mi mano y una efímera sonrisa para que pases del hastío a la euforia.
 
Mírame, si quieres, si puedes, que yo intentaré descifrar lo que sientes, aunque sepa muy bien que nunca lo lograré, y ese es mi premio, aunque tampoco lo acepte, porque en realidad, en el fondo de todo, no quiero descifrarte, no quiero caer en ese sofisma de la seguridad. La seguridad corroe, la seguridad destruye, la seguridad mata. La seguridad, mi querida compañera, es cerrar de un portazo las opciones de la incertidumbre, del riesgo, del juego, y cambiar lo que está por venir, el porvenir, por la comodidad de saber que a cada gesto tuyo le seguirá una palabra, y a cada palabra, una acción, y saber qué gesto, qué palabra y qué acción serán. Yo no quiero saber; quiero mantenerme en un eterno estado de sorpresa, y más que sorprenderte con actos previstos y organizadas celebraciones, quiero sorprenderme con tu espontaneidad y tus despistes, y verte, como aquella vez hace tanto, con un zapato marrón y el otro, negro.
 
Ya sé que no quieres pensar en que todo esto se acabe, no ahora. Y sé que aún te aferras a la idea de que una relación, o como queramos llamar a esto, debería ser como un viaje, con un principio y un final y sin llantos. Sé que no hay contratos ni pactos ni promesas, tú me lo has repetido una y mil veces, pero me gustaría saber si existe una palabra que nombre lo que quedará después, cuando tú seas tan perfecta como uno de esos maniquíes que adornan las vitrinas de la calle Victoria, y ya no seas, como sueles decir, una feliz bipolar, sino un práctico polo a tierra.
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