Por: Sorayda Peguero

Tú a Granada y yo a Cadaqués

Dicen que el fantasma de Federico García Lorca persiguió a Salvador Dalí durante toda su vida. La amistad entre el pintor catalán y el poeta granadino empezó en enero de 1923, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde se enfrascaban en discusiones que duraban hasta altísimas horas de la madrugada. Mientras que García Lorca no ocultaba su entusiasmo por Dostoievski, y derrochaba simpatía por donde quiera que pasara, Dalí era un tímido crónico que predicaba su rechazo por los autores rusos y por todo lo relacionado con el mundo interior y lo sobrenatural. El poeta se quejaba de que el pintor siempre quería llevar la voz cantante. “Dalí no se deja llevar”, decía. Aun así, con intermedios de enfados y largos silencios, la amistad prosperó.

Franz Kafka tenía una duda: “¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas pueden comunicarse mediante cartas?”. Algunas cartas no fueron escritas con la intención de que alcanzaran el dominio público. Convertidas en documentos de interés por la celebridad de sus remitentes y destinatarios, hacen que en ocasiones uno sienta el placer culposo de un voyeur con poco recorrido.

En sus cartas, los dos jóvenes egresados de la Residencia de Estudiantes intercambiaban detalles de sus procesos creativos, consejos, bromas privadas, dibujos, lecturas, ideas de proyectos individuales y colaboraciones que en algunos casos llegaron a concretar y en otros no pasaron del papel. Ninguno de los dos ocultaba la necesidad que sentía de la compañía del otro, ni escatimaba en demostraciones escritas de su cariño. Constantemente, Dalí le pedía a García Lorca que viajara a su casa de Cadaqués, o que se fueran de juerga a Barcelona. García Lorca, por su parte, le insistía para que lo visitara en Granada.

1926, carta de Dalí a García Lorca:

“(…) Tú no harás oposiciones a nada, convence a tu padre que te deje vivir tranquilamente sin esas preocupaciones de aseguramientos de porvenir, trabajo, esfuerzo personal y demás cosas…, publica tus libros, eso te puede dar fama... América, etc., con un nombre real y no legendario como ahora, todo Dios te estrenará lo que hagas. Yo sueño con irme a Bruselas para copiar a los holandeses en el museo; mi padre está contento con el proyecto… ¿Ir a Granada? No te quiero engañar, no puedo; por Navidad pienso hacer mi exposición en Barcelona, que será algo gordo, hijo; tengo que trabajar esos meses como ahora, todo el santo día sin pensar en Nada Más (…) Adiós, te quiero mucho, algún día volveremos a vernos, ¡qué bien lo pasaremos! Escribe. Adiós, adiós. Me voy a mis cuadros de mi corazón”.

Tras una de sus visitas a Cadaqués, en julio de 1927, García Lorca le escribe a Dalí:

“Me he portado como un burro indecente contigo que eres lo mejor que hay para mí. A medida que pasan los minutos lo veo claro y tengo verdadero sentimiento. Pero esto sólo aumenta mi cariño por ti y mi adhesión por tu pensamiento y calidad humana. Esta noche ceno con todos los amigos de Barcelona y brindaré por ti y por mi estancia en Cadaqués pues las plazas en el exprés estaban tomadas. (...) Acuérdate de mí cuando estés en la playa y sobre todo cuando pintes crepitantes y únicas cenicitas, ¡ay, mis cenicitas! Pon mi nombre en el cuadro para que mi nombre sirva de algo en el mundo y dame un abrazo que bien lo necesita tu

Federico”.

Ayer el cartero trajo dos facturas, una revista y una carta escrita a mano. Una carta… Antes de apresurarme a abrir el sobre, mientras giraba la llave de la puerta, me preguntaba quién, en plena era digital, tiempos en los que el descuido y la tosquedad no encuentran mejor excusa que las prisas, envuelve una carta en un sobre de papel de estraza. Intuyo que es alguien que cree que hay cosas de la época de Salvador Dalí y Federico García Lorca que merecen ser rescatadas. La delicadeza, el cuidado de las formas, la ternura. Cosas así.

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2019-05-25T00:00:57-05:00

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