Por: Sorayda Peguero

Tu nombre me sabe a Lorca

Ya no queda nadie que recuerde cómo era la voz de Federico García Lorca. El filólogo Tomás Navarro trató de grabarlo en Madrid. Acordaron un encuentro para que su voz quedara registrada en la colección del Archivo de la Palabra. Concretaron un día y una hora, pero el poeta no acudió a la cita por una causa superior a todas sus fuerzas: se quedó dormido.

Se sabe que el suyo era un acento esencialmente andaluz, que hablaba como un granadino de ciudad, pero que a menudo utilizaba palabras coloquiales propias de la gente del campo. Al pronunciar la palabra “hierba”, Lorca decía “yerba”, y en algunos casos sustituía la “L” por la “R”, de manera que en vez de decir “delantal”, decía “delantar”. A veces abría las vocales y, como en las cartas que escribía para sus amigos más íntimos, usaba diminutivos: “Escríbeme enseguidita”, le decía a Salvador Dalí en 1925. Su hermano, el escritor Francisco García Lorca, mencionó que “tenía una voz de tono medio, más bien tirando a grave, y no muy timbrada”. Según el hispanista italiano Indro Montanelli, Lorca no era un hombre de gran belleza, pero tenía tres atributos destacables: “La mirada luminosa, la risa de niño y la voz”, que era grave y cálida, como la de un barítono, y vibrante, “como un acompañamiento de guitarra en sus poemas”. Mientras hablaba, Lorca gesticulaba con las manos. El periodista Ramón Gómez de la Serna recordaba que, en cuanto salían de su boca, convertía las palabras en una materia viva y maleable, de variadas formas y sonidos.

Había música en la voz de Lorca. No es una idea extravagante, si se tiene en cuenta que Lorca era un músico congénito. Antes de la palabra, y mucho antes de la poesía, fue la música. Su madre decía que cantó antes de hablar. Cuentan que en una velada que se celebró en el hotel Castelar de Buenos Aires, en 1933, alguien lo desafió: “A que no sos capaz de imitar el acento porteño”. Lorca dejó que sus amigos se divirtieran un rato imitando su hablar andaluz. Luego se sentó al piano y cantó, en lunfardo y con acento porteño, los versos de un tango llamado El ciruja. Desde sus primeros años, Lorca se sintió seducido por dos principios fundamentales: ver y oír. Ver y oír los gestos, expresiones, canciones y conversaciones de las trabajadoras domésticas, con el mismo interés que le dedicaba a una obra de Víctor Hugo, o al sonido del agua en los aljibes de su natal Granada. Todos esos sonidos y modos de decir estaban integrados en su poesía, en su música y en su voz.

En 1949, en una librería de segunda mano de Montreal, un libro de poesía atrajo la atención de un joven Leonard Cohen. “La gacela del mercado matutino”, leyó en una de sus páginas. “(…) ¡Qué voz para mi castigo levantas por el mercado! / ¡Qué clavel enajenado en los montones de trigo! / ¡Qué lejos estoy contigo! / ¡Qué cerca cuando te vas!”. Cohen pensó que Lorca le estaba hablando a él. Llegó a decir que el poeta le había destrozado la vida, que conocerlo cambió su forma de ser y de pensar radicalmente. Sintiendo la voz de Lorca, Cohen pudo encontrar la suya. Fue un impacto de largo alcance. En 1974, durante la presentación de un concierto en el Palau de la Música Catalana, Leonard Cohen anunció que se había convertido en el padre de una niña, una criatura recién llegada al mundo que ya tenía nombre: Lorca Cohen.

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