Por: Héctor Abad Faciolince

Tu rostro, mañana

Siempre se ha dicho que el rostro es el espejo del alma. Un chistoso de Salgar dijo que en realidad el espejo del alma son los zapatos. Aunque hay algo de verdad en este apunte, no hay que tomarlo en serio: salvo los muy clasistas, creo que todos miramos la cara (y no los zapatos) de los otros para leerlos, para tratar de entender su carácter, sus intenciones, su estado de ánimo, su salud. Distinguir si alguien tiene buen o mal semblante ha sido siempre algo en lo que no solo los médicos internistas son expertos: todos lo somos por el mero hecho de ser humanos.

A principios del siglo XX algunos de los más grandes sabios dijeron que las máquinas nunca conseguirían jugar al ajedrez mejor que un principiante. A finales del siglo XX Deep Blue nos hizo ver lo que las máquinas iban a ser capaces de hacer a finales del siglo XXI. Hace poco un computador de Google le ganó también al mejor jugador de Go del mundo. Primero aceptamos humildemente que las máquinas nos ganaran en fuerza o en velocidad, porque nosotros conservábamos la primacía del alma: los sentimientos, la intuición y la inteligencia; nadie nos iba a quitar el primer lugar en esos campos. Ya esto es mucho menos probable. El verdadero problema, hoy en día, es cómo ponerle límites a la inteligencia artificial (IA), y qué reglas deberían seguir quienes diseñan estas máquinas. El asunto es que una universidad, un país, una región pueden imponerse límites, pero si una superpotencia distinta diseña mejores máquinas sin esos límites, y con mejor desempeño, no se sabrá qué hacer para oponerse a ellas.

En 1999 asistí en el MIT a una conferencia donde se decía, con una sonrisa a medias entre la consternación y la complacencia, que los robots de entonces eran incapaces de distinguir si un rostro era de hombre o mujer, algo que para la inteligencia humana era fácil e instantáneo. No han pasado ni 20 años y ya las máquinas son capaces de decir (equivocándose menos que los humanos) si tras el rostro de un hombre hay una persona con inclinaciones homosexuales o heterosexuales. La revista The Economist de esta semana cuenta que el profesor Michal Kosinski, investigador en Stanford, ha demostrado recientemente que fue capaz de entrenar un sistema de IA para leer rostros de esta manera. Métodos parecidos podrían diseñarse para leer en la cara de la gente enfermedades, longevidad, propensión al crimen o a la violencia, cociente intelectual, tendencia al alcoholismo, etc.

En Rusia y en China hay programas de identificación facial por los cuales uno puede pagar la cuenta en un restaurante con una sonrisa. También es posible tomarle a alguien una foto y a partir de ella averiguar su nombre, datos sobre esa persona y —pagando— incluso sus ingresos, domicilio, hobbies y su historial crediticio.

La cuestión es la siguiente: si hay empresas que usen sistemas avanzados de IA (limitemos el ejemplo a la lectura del rostro), y esto les da ventajas competitivas en su campo de acción, ¿dónde y quién trazará los límites de la violación de la intimidad? Si una compañía de seguros, a partir de cinco fotos, puede averiguar si un cliente potencial es propenso o no a tales enfermedades o conductas, si puede calcular la morbilidad o la longevidad con mejor aproximación estadística, tendremos un caso perfecto de “discriminación por el rostro”. Y si esa empresa hace mejores cálculos actuariales leyendo caras, la competencia querrá tener una ayuda de IA parecida. No es necesario que esta máquina esté instalada en un robot; basta tenerla en las oficinas que toman decisiones.

Hasta hace poco tan solo las mujeres talibanes y los hampones con vergüenza (tipo terroristas de Eta) se cubrían el rostro con burkas, pasamontañas y anteojos negros. Tal vez en el futuro haya millones queriendo usar máscaras o velos faciales para que las máquinas no sepan no solo dónde nacimos, dónde vivimos y cuánto ganamos, sino lo que queremos, lo que tememos, lo que no somos, lo que no queremos.

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