Por: Yolanda Ruiz

Tumaco y “la mata que no mata”

No es cierto, como decía una fallida campaña de hace varios años, que la coca es una “mata que mata”. Matan los humanos cuando hay de por medio vicio, dinero y prohibición, una combinación peligrosa que está en abundancia en la guerra perdida contra las drogas. En Tumaco acabamos de poner otros seis muertos que se suman a una larga lista de colombianos que han caído en una batalla que nunca se podrá ganar.

Los muertos son ahora campesinos, pero antes fueron policías y soldados, funcionarios judiciales, ministros, candidatos, jíbaros, mulas o ciudadanos comunes que jamás habían probado la droga ni la habían cultivado, ni vendido ni traficado y que terminaron reventados en mil pedazos por un bombazo de los narcos. Dicen por ahí que no hay que dar batallas perdidas, pero aquí llevamos décadas insistiendo en una que tenemos perdida de entrada porque los seres humanos han usado desde siempre sustancias para alterar la conciencia. Eso no es nuevo, ni es de ahora, pero se nos dio por prohibirlo y al hacerlo les llenamos el bolsillo a algunos y matamos a otros. Para qué repetir aquí la historia del alcohol y sus tiempos de prohibición en Estados Unidos que alimentaron a mafias de todos los calados. Legalizado el alcohol se superaron muchos de sus problemas. Siempre estarán los adictos que pasan la raya del consumo responsable y algunos que mueren por excesos, pero la prohibición no evitó eso y sí sumó otros muertos y otros problemas.

Nadie discute que se desbordaron los cultivos ilícitos en los últimos años, pero además de los debates sobre las causas que generaron ese incremento y de preguntarse si la erradicación es manual o aérea, voluntaria o forzosa, con zanahoria o garrote, el asunto es cuándo llegaremos por fin a la decisión de parar otra guerra sin sentido. Estados Unidos la declaró por allá en la década del 70 por razones puramente coyunturales y aquí le hacemos la segunda como en tantas cosas. Ahora amenazan con descertificar y la justificación es que como ponen la plata, ponen las condiciones y por eso nos exigen y nos regañan, pero… ¿los que ponemos los muertos no podemos exigir algo? ¿No podemos preguntar por el consumo o por las mafias de allá que se enriquecen con la droga que entra de acá?

Los muertos de Tumaco, y los cientos más que nos reclaman con su ausencia, nos deben poner a pensar en el sinsentido de esta guerra que no acaba aunque se reduzcan las hectáreas y saquemos buena nota en el examen. El narcotráfico y la guerra que se le ha declarado nos han traído dolor, corrupción, violencia, contaminación de nuestra tierra y una cultura traqueta inspirada en el camino del dinero fácil que todo lo toca y lo corroe. Los campesinos de Tumaco son las víctimas más recientes, pero no las únicas, y aunque debe haber clara justicia en este caso y castigo para los responsables, no nos podemos ensañar con unos policías que ni siquiera estaban preparados para enfrentar a ese monstruo que se alimenta de la prohibición. La mata no mata, pero la guerra contra la mata sí y aunque pararla no es decisión exclusiva de Colombia, sí tendríamos que empezar ya a dar pasos hacia la regulación en vez de seguir derramando la sangre de tantos colombianos. Regular no es promover el consumo, como creen algunos; es frenar el desangre, acabar el negocio de los mafiosos y el impacto atroz del narcotráfico en nuestra vida cotidiana. Regular es defender a los niños de las drogas, estimular la responsabilidad en los adultos, intentar recuperas las instituciones permeadas por los dineros ilícitos y poner normas para no dejar que el mercado negro, en el que todo vale, haga lo que viene haciendo: matar gente, como acaba de pasar en Tumaco.

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