Por: Pascual Gaviria

Túmulos y volquetas

LAS CIUDADES SE BURLAN CON DEScaro de los planes que les trazan sus habitantes más previsores, tuercen las líneas de los diseños, cambian los hábitos de algunas esquinas privilegiadas, mudan los burdeles a la espalda de la catedral.

Algunos dirán que se trata de una especie de venganza, de la sorna de sus dioses insomnes. Pero creo más en los vientos inestables que dirigen ciertas costumbres, en los caprichos de una barriada y los vaivenes que impone la máquina trunca que gobiernan los burócratas.

En Medellín, los alrededores del río son un ejemplo perfecto de cómo las soñadas orillas bucólicas se convirtieron en una especie de límite ciudadano, un limbo que hospeda y oculta las tardes de bazuco y alcohol de los rebuscadores de Barrio Triste, un largo corredor que atraviesa la ciudad de sur a norte y sirve de carril para los corridos. Durante el gobierno de López Pumarejo se decidió que la cuelga del Río Medellín serviría para la creación de dos calzadas principales a lado y lado, calzadas alternas para cabalgaduras y bicicletas y una arborización que adornaría “el mejor parque de la ciudad”. Viviendas, jardines públicos y escuelas reemplazarían los pantanos que dejaban las curvas del río. Un documento de 1941 firmado por el presidente de la comisión de rectificación dice que “turísticamente será, con los años, el paseo más hermoso de Medellín, de Antioquia y tal vez de toda Colombia”.

Vararse en la autopista, a la orilla del río, es uno de los temores de la mayoría de los automovilistas de la ciudad. Nadie tiene más de diez o quince segundos para descifrar lo que pasa al borde del río silencioso. Desde el parabrisas, o por la ventanilla del pasajero, es posible fijar la vista en uno de los grupos agazapados sobre el mazo de cartas, el humo negro de una hoguera de llantas o la pipa infame. La ropa recién lavada cuelga de los árboles. La velocidad de 100 kilómetros por hora hace que solo quede una imagen borrosa y algo para la imaginación. ¿Cómo vive esa horda en las orillas del río? ¿Cuál es el comercio permanente que se intuye en sus posiciones y sus alegatos? De vez en cuando vemos a uno cruzar la ruleta de la autopista para llegar al tranquilo mundo de la orilla. Su resguardo es nuestro terror.

En 1919 Tomás Carrasquilla escribía su queja contra los primeros trabajos en los recodos ociosos del río. Terminaba su esquela con una especie de oración: “Siempre se oirá a Pan en tus orillas; siempre tributarás tus oros a los pulpos y monstruos marinos”. Desde hace unos años arrumes de piedra a lado y lado del río me han recordado los túmulos funerarios de algunas culturas antiguas. Túmulos menores más al norte, espaciados cada quinientos metros, y considerables montones de piedras pulidas en la orilla oriental, a la altura del puente de Guayaquil. La curiosidad me llevó a buscar al arenero que arruma su trabajo con tanto cuidado y me obliga a pensar en un homenaje fúnebre donde solo hay la esperanza de que un volquetero elija su montón de piedras.

Lo encontré velando sus túmulos. Agradecido con las lluvias recientes que habían arrastrado la piedra hasta sus playas y rogando para que terminaran sus 22 días sin vender la carga. Es el único arenero que trabaja en los alrededores del centro, el único entre sus vecinos que prefiere cargar piedras en vez de hacer cruces con vicio o mandados en los talleres de Barrio Triste. Carga hasta las dos de la tarde, se cambia y se sienta a velar sus pilas de piedra. Solo fuma Boston para aromar sus altares. Nadie imagina dónde puede encarnar el dios Pan.

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2009-06-16T20:11:27-05:00

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