Por: Armando Montenegro

Turismofobia y divisas

Ya que el turismo se perfila como uno de los escasos sectores exportadores que tienen la capacidad de crecer y generar empleo y divisas en Colombia, es imperativo evitar a tiempo los problemas sociales, económicos y ambientales que están creando un justificado descontento en algunos de los países más avanzados.

Los problemas se han derivado de la acelerada masificación del turismo, una actividad que pasó, en unas cuantas décadas, de ser un lujo exclusivo de unos pocos a una mercancía barata al alcance de casi todos. El turismo masivo responde a una exigencia semejante a la de las peregrinaciones religiosas de antaño (algo así como la obligación de visitar una vez en la vida La Meca o el Vaticano), viajes que ahora producen las obligadas reliquias desechables de los retratos frente la Torre Eiffel, el Kremlin o la Fontana de Trevi. Estos y otros souvenirs, junto con el nuevo televisor y el teléfono inteligente, hacen parte del obligatorio ajuar de la vida satisfecha de un consumidor de cualquier parte del mundo.

Como un subproducto de la sobrepoblación, el rápido aumento del ingreso y el consumismo estandarizado, el turismo moderno produce numerosas formas de polución social, económica y ambiental. Desata, por ello, la llamada turismofobia, el odio de las comunidades receptoras, como las de Venecia o Barcelona, que quieren vivir en paz, con sus propias costumbres y tradiciones, sin el asedio, el ruido y la basura de las multitudes invasivas que impiden el sosiego, estimulan construcciones de pacotilla, dañan el paisaje y el medio ambiente y provocan el aumento desmesurado de los precios.

Cada vez más acorralados por las multitudes, aún subsisten algunos viajeros que buscan la reposada apreciación de otras culturas, su historia y sus tradiciones. Estas especies en extinción pueden, a duras penas, entre los empellones de los “tours”, contemplar pinturas, monumentos y paisajes. Añoran los días anteriores a las hordas de turistas y buscan sitios cada vez más escasos y apartados, donde todavía no llegan las multitudes que posan, consumen y corren tras la toma del próximo recuerdo fotográfico.

Un turismo particular es el de los charters y cruceros que arrojan de golpe a cientos de americanos y europeos en los puertos del Caribe y otras regiones. Allí el mayor espectáculo lo constituyen los propios turistas, con sus cámaras, quemaduras de piel, cremas y vestimentas tropicales. Los nativos, a su turno, soportan la avalancha de visitantes a cambio de sus dólares y, cada vez con mayor frecuencia, sus vicios y desviaciones.

A pesar de los indiscutibles riesgos y peligros, un país como Colombia, necesitado de divisas y empleos, no puede darse el lujo de hacer a un lado este renglón de su economía. Debe, eso sí, fomentar una forma de turismo que proteja el medio ambiente, el paisaje, los parques naturales y la calidad de vida. Colombia debe evitar que se repitan los irreparables horrores sociales, arquitectónicos y ambientales de El Rodadero, Bocagrande y amplios sectores de San Andrés, víctimas del turismo doméstico, motivos suficientes para alentar una hasta ahora inexistente turismofobia local. Las buenas experiencias de la zona cafetera, el Parque Tayrona y las de países como Costa Rica y varios africanos deben guiar las regulaciones que promuevan este promisorio ramo de las exportaciones colombianas.

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