Por: Juan Gabriel Vásquez

Últimas noticias de Salman Rushdie

EN EL ÚLTIMO PÁRRAFO DE INfluencia, un breve ensayo de 1999, Salman Rushdie anunciaba un proyecto de novela que andaba considerando por esos días.

Rushdie leyó el ensayo en Florencia, frente a un público italiano, y por eso sin duda le pareció apropiado hacer esta confidencia. “Llevo un buen tiempo fascinado por la Florencia del Alto Renacimiento en general”, dijo, “y por el personaje de Niccolò Machiavelli en particular. La demonización de Maquiavelli me parece una de las calumnias más exitosas de la historia europea”. Luego nos explica cómo la idea que durante siglos se tuvo de Maquiavelli en Inglaterra —el personaje amoral y siniestro— no venía de sus textos, que no estaban traducidos al inglés, sino de un solo texto francés, el Anti-Machiavel. Y termina diciendo: “Como escritor que sabe también una que otra cosa sobre demonizaciones, creo que ya es tiempo de reevaluar la figura del calumniado florentino”. Pues bien, el resultado de esa obsesión acaba de publicarse en su traducción española: se llama La encantadora de Florencia, ha recibido críticas dispares en el mundo anglosajón, pero para mí es una de las grandes novelas de Rushdie.

A Rushdie le ha tomado nueve años publicar el original inglés, pero no es que se haya dedicado exclusivamente a esta novela. Entre el ensayo de 1999 y La encantadora de Florencia escribió dos novelas más: Furia y Shalimar el payaso, que comparten, entre otras cosas, una especie de aterrizaje forzoso en la realidad más contemporánea. “Esas historias parecían cada día salir de las páginas del periódico”, ha dicho Rushdie. Y por eso es tan curioso pensar que mientras las escribía, mientras se enfrentaba en sus ficciones a los desastres del siglo XXI, estuviera leyendo vorazmente sobre la Italia renacentista, metiéndose hasta el cuello en las vidas de los Medici, de Botticelli, de Amerigo Vespucci. Y además, del emperador mogol Akbar y de la ciudad que éste mandó construir cerca de Agra, en el norte de la India. Porque en los años que le tomó escribirla, la novela sobre Maquiavelli se le convirtió a Rushdie en una cosa mucho más ambiciosa y, por supuesto, mucho más interesante.

La encantadora de Florencia comienza con un misterioso viajero florentino llegando al imperio de Akbar y consiguiendo una audiencia con el emperador: tiene una historia que contar, y sólo el emperador puede oírla. Se trata de la historia de Qara Köz, la mujer más hermosa que se ha visto sobre la tierra, que unos años atrás pasó de mano en mano como botín de guerra y acabó llegando a Florencia: a la Florencia de Maquiavelli. Y mientras los lectores nos vamos enterando de su destino asistimos también al destino de Akbar y de sus intentos por que el hombre, y no Dios, sea el centro de la vida en su imperio. Las ideas de Akbar son humanistas según la definición que el Renacimiento dio del humanismo: Florencia y el imperio mogol como dos lados de la misma moneda. La novela juega con todos los clichés de las Mil y una noches, pero si hay algo que la distingue es la defenestración cuidadosa de otros clichés, más importantes: los que han pesado siempre sobre la relación entre Oriente y Occidente.

“Esta puede ser la maldición de la raza humana”, dice el emperador en algún momento. “No que seamos tan distintos, sino que seamos tan parecidos”. Pues eso.

 

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