Por: Juan David Correa Ulloa

Últimos días

Manuel de Narváez, un escritor colombiano residente en Barcelona, ha decidido morir.

La manera de hacerlo es levar anclas y asumir que siempre ha sido un extraño en la tierra. Un hombre decidido a perseguir el fracaso como una opción estética y vital. Por eso, tal vez, elige una ciudad que no era, en el tiempo en que se escriben sus últimos días, lo que sería después: aquella Barcelona hundida, perdida, extraviada, que poco tenía que ver con la ciudad de los Juegos Olímpicos y de la prosperidad industrial. Esa ciudad mecida por la marea de la movida de los años ochenta, con resaca permanente y ansiedad de yonqui constante. Manuel de Narváez es un tipo abandonado a su suerte que no se queja de ello y que, en cambio, ha resuelto saber a qué huele el cadáver de un poeta desconocido. Su monólogo, sus relaciones pseudosentimentales con una prostituta, con Colombia, un país donde no pudo encajar, y una invariable manera de pasar los días buscando en sus delirios etílicos su identidad, son los rasgos generales de la primera novela de Guido Tamayo, periodista, gestor cultural y asesor literario, que sorprende no sólo por la construcción de su personaje, sino por la estupenda factura de su prosa.

Tamayo ha logrado en El inquilino una especie de diario sentimental de una ciudad escrita en un tono conmovedor, cuya principal virtud está en no ser lastimero. La novela es una brutal metáfora de nuestro país siempre tan pendiente de su propio ombligo y tan incapaz de ensanchar la mirada. De Narváez, exiliado de sí mismo, podría ser cualquiera de los miles de emigrantes de clase media que viven en Europa buscando una idea de sí mismos para poder existir. Muchos se acostumbran a la normalidad, pero él descubre, como el poeta, que sus esfuerzos son vanos y sus días, casi siempre, estpués: aquella Barcelona hundida, perdida, extraviada, que poco tenía que ver con la ciudad de los Juegos Olímpicos y de la prosperidad industrial. Esa ciudad mecida por la marea de la movida de los años ochenta, con resaca permanente y ansiedad de yonqui constante. Manuel de Narváez es un tipo abandonado a su suerte que no se queja de ello y que, en cambio, ha resuelto saber a qué huele el cadáver de un poeta desconocido. Su monólogo, sus relaciones pseudosentimentales con una prostituta, con Colombia, un país donde no pudo encajar, y una invariable manera de pasar los días buscando en sus delirios etílicos su identidad, son los rasgos generales de la primera novela de Guido Tamayo, periodista, gestor cultural y asesor literario, que sorprende no sólo por la construcción de su personaje, sino por la estupenda factura de su prosa.

Tamayo ha logrado en El inquilino una especie de diario sentimental de una ciudad escrita en un tono conmovedor, cuya principal virtud está en no ser lastimero. La novela es una brutal metáfora de nuestro país siempre tan pendiente de su propio ombligo y tan incapaz de ensanchar la mirada. De Narváez, exiliado de sí mismo, podría ser cualquiera de los miles de emigrantes de clase media que viven en Europa buscando una idea de sí mismos para poder existir. Muchos se acostumbran a la normalidad, pero él descubre, como el poeta, que sus esfuerzos son vanos y sus días, casi siempre, estériles.

Esta novela breve consiguió el año pasado el primer premio de novela de la Universidad Javeriana y supone el primer acercamiento de Tamayo a la ficci

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