Por: Augusto Trujillo Muñoz

Un acuerdo en lo fundamental

Independientemente del nombre al cual nos remite el enunciado, es indudable que el país demanda un nuevo pacto de Estado sobre los aspectos fundamentales de su organización política.

Probablemente estemos de acuerdo en que lo fundamental es el Estado de derecho y, dentro de él, la defensa de las libertades individuales, de la democracia pluralista, de la justicia social. Pero sus líneas básicas no se definen antes sino después de un debate entre los sectores vitales de la comunidad. En una sociedad heterogénea, desigual, excluyente como la nuestra, lo fundamental sólo cabe en medio de un amplio consenso.

El tema resulta oportuno a propósito de la muerte de Tirofijo y de la designación de su sucesor en la cúpula de las Farc. Pedro Antonio Marín había dejado de ser un comandante y se había convertido en un símbolo. Las Farc dejaron de ser un grupo insurgente y se convirtieron en un sistema de vida. Pero siguen siendo una estructura monolítica, pesada, estática. Como fueron casi todas las construcciones políticas hechas a imagen y semejanza del sistema soviético. No se construyeron para la evolución sino para la inmutabilidad. Su gestión no es crítica sino exegética. Asumen la historia como un río, pero la revolución como un estanque.

Las Farc son un ejército de estirpe campesina, cuyo origen fue más el de un grupo alzado en armas para defender la vida de sus miembros, que el de un movimiento revolucionario. A la cultura de unos campesinos perseguidos por autoridades oficiales, el pensamiento soviético les marcó una impronta de consevadurismo. Por eso las Farc terminaron siendo una organización jurásica, cuyo lenguaje revolucionario y justicialista contrasta con su comportamiento reaccionario y militarista. Ellas son las principales responsables de que Colombia sea el único país de América sin fuertes movimientos progresistas o de izquierda.

En un momento dado algunos sectores universitarios descubrieron que la revolución dejaba de ser una utopía para volverse una necesidad histórica. La cresta de esa ola, estimulada por los primeros desdarrollos de la revolución cubana impulsó más a los “elenos” que las Farc, y unos años después premió con espectacularidad la imaginación revolucionaria del M 19. Las Farc continuaron siendo un grupo de naturaleza fundamentalmente rural que vivía bajo el alero del partido comunista y, por lo mismo, con muy poco arraigo social y ninguna capacidad autocrítica. Mientras tanto en el seno del establecimiento se incubaron gérmenes políticos que, más allá de una legítima acción represiva, abonaron la guerra sucia contra simpatizantes de los grupos guerrilleros.

Sólo hasta la década de los ochenta ingresan a las Farc líderes sindicales y estudiantiles de origen urbano y formación política. Sin embargo, no influyeron sobre decisiones estratégicas de esa guerrilla. Más bien al contrario, fueron permeados e incluso cooptados por ella, como solía ocurrir en las instituciones pro-soviéticas de aquellos tiempos. Pero también por entonces las Farc se encontraron, al otro lado de su frontera, con el lucrativo negocio del narcotráfico, cuyas organizaciones terminaron contaminando no sólo a la guerrilla sino a toda la sociedad.

Salvo por esa contaminación, no creo que las Farc hayan evolucionado mucho desde su origen hasta hoy. Tampoco creo que su nueva generación dirigente haya tenido la capacidad de generar en su interior un nuevo marco de reflexiones doctrinarias y políticas. Quienes -como Alfonso Cano, con todo y su formación intelectual- ingresaron a la guerrilla veinte o más años después, llevaron a su seno la sobreideologización de la guerra fría y, por lo mismo, un fundamentalismo cerril que ni siquiera conocieron los propios fundadores.

En tales condiciones no creo que al nuevo jefe de las Farc lo animen propósitos de diálogo. Tampoco encuentro aceptable que la agenda de un Estado de derecho se ocupe más de la guerra que de la política. Los golpes militares propinados a las Farc por el gobierno deben ser sustituidos ahora por golpes políticos. Son éstos los que, en un momento dado, hacen ganar una guerra, con la ventaja de que no cobran vidas, las salvan.

En los albores del Frente Nacional fue aprobada una amnistía para quienes se habían alzado en armas contra las dictaduras de la década anterior. El propio Tirofijo se acogió a ella y, según lo narra el historiador James Henderson en su libro “Cuando Colombia se desangró”, dijo algo que luego escribió en sus Cuadernos: “La lucha popular armada no fue derrotada por la lucha armada sino por la política”. Claro, el país había suscrito un acuerdo en lo fundamental.

Hoy es preciso suscribir otro: un pacto de Estado entre todos los que se mueven dentro del marco general del Estado social de derecho con economía social de mercado y compromiso de gestionar la política por la vía exclusiva de la democracia electoral. Ese acuerdo permite recuperar la política, marginalizar la guerra y –en esa forma- inducir a Alfonso Cano a pronunciar una frase como la que Tirofijo escribió hace cuarenta años. A lo mejor Cano quiere seguir combatiendo, pero no tiene sentido alguno que el Estado lo obligue a ello. Eso sería perpetuar la guerra en lugar de ganarla por la vía de la política.

Ex senador, profesor universitario.

atm@cidan.net

 

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