Un acuerdo sobre cultivos

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Aunque me traten de ingenuo, seguiré buscando caminos para lograr acuerdos en esta sociedad agobiada. Se habla de un acuerdo sobre lo fundamental, pero para que pasemos del slogan a la realidad, necesitamos acudir a materias concretas. Y en especial a las más críticas.

Así como es evidente que el volumen de hectáreas cultivadas con coca genera muy serios problemas de todo orden, también es irrefutable que la llamada guerra contra la coca no ha rendido frutos contundentes. Y de paso, como lo recuerda Rafael Pardo, tampoco ha hecho mella significativa en el narcotráfico. Por cierto, son dos temas diferentes. A las bandas criminales hay que enfrentarlas. El problema de los cultivos tiene rasgos esenciales de política agraria.

La fumigación comenzó en 1994. De allá al 2015, año en que se suspendió, se alcanzaron a asperjar 1′896.327 hectáreas. De 44.700 hectáreas de cultivos al principio del glifosato, pasamos a 51.384. Una bicicleta estática. Enorme y costoso esfuerzo que, en suma, no alteró sustancialmente la situación. Sin contar con las discusiones sobre el carácter nocivo del químico utilizado y los desarreglos sociales que provoca.

El alza de las cifras sembradas, en aumento desde el 2013, aun fumigando, ha servido para situar este grave mal nacional en el turbión de la batalla político-electoral. Que, de paso, es distinta a la batalla política sobre el futuro de nuestra nación.

El Gobierno desde un principio ha intentado regresar a los mecanismos anteriores, comenzando por la aspersión. La trepidante frase del ministro de Defensa según la cual “fumigar es la mejor forma de combatir las masacres” deja poco espacio para buscar caminos nuevos.

Entre tanto, en el Congreso comienzan a ventilarse iniciativas. Los congresistas Juan Carlos Losada y Juan Fernando Reyes Kuri han vuelto a presentar un proyecto sobre consumo recreacional de marihuana. Lo importante no son sólo las medidas propuestas, sino el enfoque: una mirada al consumo desde una perspectiva de salud pública y una discusión sobre los límites de la represión. Por otro lado, aún con mayor audacia, Iván Marulanda ha propuesto una serie de medidas sobre el difícil tema de la coca.

Hay que celebrar que el Congreso se apropie de su papel y deje de ser convidado de piedra. Esta puede ser una base para comenzar una discusión sin rugidos.

Un primer paso debería ser la exclusión de la visión miope partidista —minúscula y coyuntural— sobre un fenómeno de más de 50 años de duración para emprender la construcción de una política seria, científica, reflexiva, sin dogmas previos y con un marcado acento en el verdadero interés nacional.

Otro, olvidar los mitos: cualquiera que haya tenido contacto con esa inolvidable cartilla llamada La alegría de leer encontrará que en el Acuerdo del Colón no se prohibió la fumigación. Se privilegió, eso sí, un esquema de sustitución voluntaria como principal hoja de ruta. Lo que debe discutirse son las razones de las cortes y del Consejo de Estupefacientes sin la algarabía de la recolección de votos. Y aceptar con evidencias avaladas por la ONU que la sustitución es una solución más estable.

Disentir, sí. Refutar, incluso alzar la voz. Pero mientras persista la ceguera del insulto y del odio, como únicas herramientas de la deliberación nacional, no saldremos de la gallera.

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