Por: Andrés Hoyos

Un aislamiento peligroso

Una de las principales consecuencias de la Primavera árabe —que Antonio Caballero, con increíble obstinación, insiste en considerar una farsa— es que ha intensificado hasta un grado muy peligroso el aislamiento de Israel.

¿En qué ha basado Israel su asediada fuerza desde hace décadas? Cuatro factores saltan a la vista: 1) el país cuenta, de lejos, con las fuerzas militares más potentes de la región, 2) tiene de aliado y fuente de recursos a Estados Unidos, todavía la mayor potencia del mundo, 3) está organizado en una muy sesgada “democracia” confesional que logra vender como muy superior a los regímenes circundantes y 4) tiene unos enemigos, a veces fundamentalistas, a veces totalitarios, impresentables por fuera del mundo islámico. Porque, claro, en contraste con las satrapías de Gadafi, de Assad o de Mubarak, en Israel los partidos se alternan en el poder, la prensa es más o menos libre, el sistema judicial está medio separado del ejecutivo y las elecciones no son fraudulentas. Por si acaso, las muchas sectas milenaristas de extrema derecha han ido recortándole cada vez más terreno al viejo laborismo, con la consecuencia de que la farsa de democracia, ahí sí, resulta cada vez menos ocultable.

Sucede, sin embargo, que la Primavera árabe debilita tres de las cuatro fuentes de legitimidad del Estado judío. Estados Unidos no va a cambiar su vieja alianza con Israel, pero sí tendrá que pagar un costo altísimo para recomponer sus relaciones con los nuevos regímenes árabes, y en estos tiempos de claro debilitamiento de la antigua superpotencia, un costo así se paga con muy pocas ganas. Los vetos se gastan y eso lo sabe Obama, quien gastará uno a regañadientes para evitar que la ONU le dé su imprimátur al Estado palestino.

Luego está el lado primaveral de la Primavera árabe. Sigue sin ser seguro que los países afectados evolucionen hacia democracias auténticas, pero queda claro que quienes se insurreccionaron fueron los jóvenes y que entre ellos la vieja noción de la yihad y el predominio exclusivo de la sharia tienen una fuerza menor. Dicho de otro modo, el fundamentalismo islámico, ejercido por grupos como Al Qaeda, también ha salido damnificado de la Primavera árabe. En adelante no tendrá mayor sentido seguir amarrándose cinturones llenos de explosivos para luego volar por los aires, cuando existe un futuro en el cual la persona puede participar, exponiendo la vida —si se llega a eso—, con algo más de provecho.

Quedan, sí, las poderosas Fuerzas Armadas de Israel, cuya tecnología de punta, dicho sea de paso, es la verdadera razón para que un país con frentes bélicos abiertos, como Colombia, no apoye la creación del Estado palestino. Pero ¿qué pasa cuando una dirigencia paranoica empieza a ver que la superioridad militar es el gran bastión que le va quedando? Lo ignoramos, aunque no es loco pensar que Israel opte por recurrir a la fuerza bruta para tratar de recomponer su debilitada posición en el mapa. El daño en tal caso sería por triplicado, porque aparte de la destrucción colosal que podría infligir ese ejército, el componente democrático de la Primavera árabe sería una de las primeras víctimas, pues los países atacados no tendrían otro remedio que guarecerse bajo la égida de sus propias fuerzas militares.

Una moraleja, sin embargo, ha sido revalidada en tiempos recientes: iniciar un conflicto bélico es una cosa, otra muy distinta salir bien librado de él.

[email protected], @andrewholes

 

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