Por: Augusto Trujillo Muñoz

Un alcalde mayor

El Alcalde de Bogotá tiene que parecerse a su ciudad, a sus habitantes, a sus ciudadanos. Pero no sólo tiene que parecer, sino ser un hombre de estado, de ideas, de gobierno. Un intelectual y un ejecutivo. Debe tener talla de presidente.

Ese es, quizá, el problema más grave que acusa Bogotá en estos tiempos: El de unos alcaldes que necesitan el cargo –o que lo usan- como trampolín para su proyección ulterior en la política. En el pasado algunos alcaldes dejaron la impronta de su paso por la administración del distrito: Fernando Mazuera Villegas, Jorge Gaitán Cortés, Alfonso Palacio Rudas, por ejemplo. Los tres eran presidenciables. Desde que fue adoptada la elección popular, sólo uno está a su nivel: Jaime Castro. Ha sido el mejor alcalde de Bogotá durante los últimos años y es el único de los actuales candidatos con auténtica formación de hombre de estado. Castro es presidenciable.


Nada tan desolador como este panorama capitalino de hoy, en el cual la administración se ahoga entre la incompetencia y la corrupción, mientras los candidatos a ocupar el primer cargo distrital ofrecen de todo, en una suerte de carrera populista, de la cual no emerge nada capaz de empujar su reingeniería institucional. Lo que la ciudad necesita es una imaginación creadora que nazca de la única combinación que la produce: talento y experiencia. Eso no lo consigue un muchacho con buena voluntad, ni con tecnología, ni siquiera con el conocimiento de una realidad específica.


Tampoco lo da el hecho de haber gobernado la ciudad en tiempos de bonanza, porque eso sólo no prepara para gobernar en tiempos de vorágine. Se necesitan esas tres cosas pero, además, el transcurso del tiempo, es decir, una vida dedicada al estudio, a reflexionar sobre la relación de doble vía entre ideas y realidad, a balancear con responsabilidad intelectual la compleja conexidad entre aprender y desaprender. Castro sacó a la ciudad de un hueco fiscal, pero ninguno de sus sucesores logró siquiera mejorar la percepción ciudadana sobre gobernabilidad. Por el contrario, los últimos la desmejoraron. Bogotá necesita un auténtico alcalde mayor, es decir, un hombre de estado, que no sólo haya hecho el tránsito del fundamentalismo hacia la tolerancia, sino de la capacidad para la imposición a la capacidad para la deliberación.


La renovación no es un simple fenómeno etáreo. No se logra automáticamente por llevar al gobierno audacias menores de cincuenta años. Eso ya lo tiene el país bien averiguado y mal experimentado. La renovación es producto de un propósito razonado y profundo de regenerar los tejidos sociales a través de una refundación institucional y de la construcción de nuevas expresiones culturales. Renovar no es cambiar a personas capaces ni apelar a personas nuevas e inexpertas. Es reconocer la idoneidad necesaria para conducir un gobierno en tiempos de crisis.


Jaime Castro es el padre de las instituciones del distrito. Es el protagonista de su exitosa puesta en marcha y el único de los candidatos que propone su clara reformulación. Nadie, como él, tan indicado para la reingeniería que ahora se requiere. Bogotá necesita renovar sus instituciones, pues la ciudad de hoy no cabe en ellas. Como lo afirma el propio candidato, visualizando la necesidad de institucionalizar la ciudad región, mientras el distrito calza 31, Bogotá calza 44. Y Castro saca 5 en la compleja materia del construir instituciones. Por eso es el alcalde indicado para esta época difícil.


Ex senador, profesor universitario


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