Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

Un amor de revolución

Y eso era todo, y todo parecía nada. Un final sobre otro final, y su maldita mentira de que los amores platónicos eran los únicos que no morían. La lluvia que salpicaba en el piso, los charcos y el abrigo mojado, el cigarrillo húmedo que no pude encender por más fósforos que gastara, y ella detrás, con las manos perdidas debajo de su suéter y alguna lágrima que yo quería imaginar, porque las lágrimas significaban que le importaba y que tal vez había dicho lo de los amores platónicos para que el dolor no fuera tan doloroso. Eso era todo, y aquella nada se diluía con una canción de la última escena de una película con Natalie Portman que habíamos visto tiempo atrás, que más que canción ahora era lluvia, niebla, pasado y seguramente olvido. Canción para un final, como cantaba Silvio Rodríguez.

Uno, dos, cinco, diez, trece pasos y la desbordada tentación de voltearme, mirar hacia atrás y volver a ella para aplazar un poco más el comienzo del recuerdo de nuestro amor perfecto. Tres pasos más para cerrar los ojos y hacer de las manos un nudo, de la boca una mueca de ventrílocuo y entonces recordar, seguir recordando la noche en las que fuimos a la veterinaria para que curaran una de las patas lastimadas de su gato suicida, las tardes de sábado mientras oíamos a puro casete un poema de Rafael Alberti cantado por Ana Belén o los desayunos de los jueves cada dos semanas en Trigal, una panadería por Teusaquillo que cerraron unos meses atrás.

Eso era todo, me dije sin oírme, seguí caminando y devolví la película de nuestros días con todos nuestros audios, que en realidad eran sus audios, su voz, sus cantos desafinados, sus ideas, como la de amar e ir al trabajo todos los días como si fuéramos a una revolución, con las mismas ganas, con la misma tensión, con la sabiduría que proviene de las convicciones, con las convicciones que surgen de las lecturas y las discusiones, con la actitud de luchar siempre y de vivir y de ir por la vida con un cuchillo en la garganta, y declararles la guerra a la comodidad, a la tranquilidad, a la felicidad por catálogo. Eso era Todo, volví a decirme, haciendo énfasis en que sus ideas fueron Todo, un todo inmenso, inmortal, que le dieron sentido al resto de mi vida y me llevaron a concluir que pese a lo que dijeran los psicólogos y los abanderados de los ismos, había que integrar la vida al trabajo y el trabajo a la vida, y pelear en ambos frentes con el mismo para qué, sin el perfecto platonismo al que ella me había condenado, pero con sus utópicos y atropellados audios.

 

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2018-11-02T23:18:18-05:00

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2018-11-03T18:58:51-05:00

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Un amor de revolución

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