Un Ángel Custodio

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En estos días de pandemia y confinamiento nos han llegado cientos de videos, memes y enlaces de toda índole con teorías, profecías e interpretaciones sobre lo que nos está pasando. Roberto Pombo, director de El Tiempo, me lo describió con mucha gracia: "Estoy recibiendo decenas de artículos diarios de gente que quiere opinar, comportamiento que se intensifica con el encierro." ¡La necesidad de opinar como un reflejo exacerbado de los presos de la pandemia!... Sí, esta pausa impuesta nos ha permitido reflexionar sobre el sentido profundo de la existencia y a muchos nos ha hecho valorar los seres y las cosas que tenemos cerca, que dábamos por hecho (como se dice en inglés for granted) y que de un momento a otro hemos visto en peligro...., y por ello queremos opinar, expresar, manifestar, gritar, aullar!

Entre los muchos enlaces que recibí quisiera referirme, con especial conmoción y reconocimiento, a uno en particular: se trata de un documental que se puede ver en YouTube titulado The Little Angel of Colombia (El Pequeño Ángel de Colombia).

Cuenta la increíble y bella historia de Albeiro Vargas y de sus abuelos protegidos. Lo que más me sorprendió de este relato increíble es que su protagonista no sea un personaje emblemático, archiconocido y admirado por todos los colombianos. Es inconcebible que todos sepamos quiénes fueron y son todos los alias del narcotráfico, la corrupción y la violencia de nuestra historieta sangrienta y trágica: (cientos de miles de personajes escabrosos que nos deberían avergonzar como seres humanos: ¡Alias Colombia!).

Que no sepamos quien es Albeiro Vargas dice mucho de quiénes somos y cuáles son nuestros valores. Debo confesar que derramé muchas lágrimas a medida que iba conociendo la extraordinaria historia de este niño extraordinario que hoy es un hombre extraordinario de 42 años. Y desafío a cualquier macho - de esos que abundan en nuestro territorio - a que no derrame una lágrima al ver a este niño de escasos ocho años haciéndose cargo de ancianos abandonados, centenarios y miserables. Albeiro mismo, nacido en un barrio marginal de Bucaramanga y miembro de una familia numerosa, decide por vocación y convicción de servicio asumir la tarea de liderar a otros niños, a quienes hoy llama ángeles custodios, para ir a atender en sus covachas a estos adultos mayores, a punto de partir de este mundo, dejados de la mano de Dios a la mano de Albeiro y sus pequeños cómplices solidarios.

La historia de Albeiro me remitió a la de otro niño, también santandereano, que conocí durante mis dos años de "apostolado" a finales de los años 70 con el padre salesiano italiano Javier de Nicoló, en Acandí, Chocó, y en Bogotá. Allí trabajé como "educador de vivienda" en las diferentes sedes que este apóstol de "los niños EN la calle" fundó en nuestro país.

En una de mis correrías por las calles de Bogotá, intentando ubicar las camadas de los mal denominados gamines, para atraerlos a los programas del padre, conocí a José Leonardo Serrano Pineda, de escasos 10 años, originario de La Mesa de los Santos, Santander del Sur. Dormía solo, con su perra Lassie, en los sótanos de la Jiménez donde quedaban las escuelas de Arte del Distrito. José Leonardo no pertenecía a ninguna gallada pues decía que prefería arreglárselas solo. No consumía droga, no fumaba, no robaba y tenía un código ético natural de comportamiento que me sorprendió y conmovió desde el primer momento. Había llegado solo a Bogotá, con apenas ocho años de edad, huyendo de las palizas de su padrastro.

Empecé a visitarlo todas las mañanas intentando convencerlo para que ingresara a Bosconia, pero él me decía que prefería estar solo que mal acompañado. Le temía al matoneo de los mayores, a separarse de Lassie y a la pérdida de su libertad. Lo primero que hacía al despertarse era ir a la Iglesia de San Francisco a rezar por su madre e inmediatamente se ponía a pedir limosna, para llevarle el desayuno a unos viejitos abandonados que también dormían en la calle. Al igual que el Albeiro niño que vemos en el documental, José Leonardo era poseedor de bondad, inteligencia y generosidad sin límites, que brotaban con naturalidad e iluminaban todo su ser. A José Leonardo tristemente le perdí el rastro, pero conocer la historia de Albeiro me ha reconectado con su espíritu y su memoria.

Hoy Albeiro continúa con su encomiable labor: la Fundación Albeiro Vargas & Ángeles Custodios en Bucaramanga atiende a 260 adultos mayores, cuenta con el apoyo de 50 adolescentes de escasos recursos (Los Ángeles Custodios), entre los 9 y los 16 años, que se forman en los valores de solidaridad y servicio y trabaja además con 150 familias en talleres formativos sobre temas orientados a comprender el proceso del envejecimiento.

En estos días apocalípticos, de pandemia y reflexión, en los que hemos conocido la dramática historia de miles de ancianos en todo el mundo que han muerto en la más absoluta soledad, por culpa del miedo al contagio o simplemente por el abandono de las familias en los ancianatos, conocer esta historia ejemplar, de amor y solidaridad, nos debe inspirar y hacer reflexionar sobre el sentido de la única vida que, a mi juicio, vale la pena ser vivida: el servicio a los demás, a los más débiles, a quienes más nos necesitan.

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