Por: Lorenzo Madrigal

Un año cumple la criatura

Dos de octubre, fecha memorable, día en que un régimen que había negociado por su cuenta comprometedores acuerdos pensó que estos serían ratificados sin discusión por el pueblo, convocado para tal fin.

Algunos advirtieron al presidente sobre su imprudencia al citar a plebiscito corriendo un riesgo electoral que consideraban innecesario. Pero el presidente jugó a ser demócrata; por sus venas aún corría sangre del primer Santos, cauteloso y sibilino, pero fiel a los principios de la Revolución Francesa y respetuoso de la voluntad general de Juan Jacobo Rousseau. Le hirvió la sangre, como la de San Jenaro cada año y se la jugó en un pase tremendista ante el respetable; sólo que lo cogió el toro y lo zarandeó.

Aún tengo presente el rostro demudado de los presentadores de la televisión esa tarde-noche del desastre electoral: se había impuesto el rechazo popular a los acuerdos de La Habana. El pueblo colombiano había reaccionado al entreguismo político de negociar en el país que había desencadenado la revolución comunista en América y a la entrega de la justicia y de los principios tutelares de Colombia, inscritos en su Carta Política.

Un candidato, seguro sucesor, había caído de su peso, ¡plaff!, era Humberto de la Calle (también conocido como Humberto de La Habana). Para el comisionado de Paz era el fin del mundo. La guerrilla, asentada en la isla en muelles sillones, quedó estupefacta, con un vaso de Cuba Libre tibio entre sus manos.

Vino entonces el conejo, el animalito de la fábula. ¿Cómo saldremos de esto?, se preguntaban los Cristo, los Roy, los Yesid Reyes. La fórmula surgió de repente: convocar a los líderes del “No” y negociar con ellos, con o sin mermelada, entregando un par de propuestas, las más anodinas y dejando la impresión de que se respetaba el dictamen popular.

Aquí el gran error histórico y jurídico, porque un plebiscito no tiene jefes, no se refiere a un sector político, no se trata de un grupo que haya sido llamado a consulta interna: el resultado plebiscitario es la voz impersonal de todo un pueblo. Vaya usted a encontrarlo; tómese un tinto con la opinión pública; no existe, es inasible y al mismo tiempo es fuerza misteriosa como el trueno, como el rayo que destella y desaparece.

Error grande el de quienes se sintieron dueños de esa opinión contraria a la voluntad oficial y, aunque impulsaron el No, no tenían carta de propiedad sobre la masa votante. Y se dejaron citar a Palacio y mal negociaron y fueron engañados, dejando la impresión de que aceptaban una conciliación para no echar a pique lo convenido con los rebeldes.

El Gobierno, ante la ingenuidad de los partidarios del No, pero de ninguna manera sus dueños políticos, impuso el desconocimiento electoral, graficado como un conejo, el cual cumple hoy su primer añito de vida.

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